Dos recientes propuestas de Paulino Rivero han concitado el "no" casi unánime. Subir impuestos y negociar con el Estado la soberanía compartida de Canarias no es lo más oportuno en los últimos meses de un mandato excesivamente largo -el más largo de la historia democrática de la comunidad- a cuya prolongación ha renunciado tras perder la chance de liderar su partido y, consecuentemente, optar a una tercera presidencia autonómica. Si no son simples desvaríos, parecen piedras en el camino del sucesor, Fernando Clavijo; pero esas piedras caerán sobre el techo electoral de Coalición Canaria. La primera, por la insólita decisión de agravar las cargas fiscales del ciudadano cuando el Estado y las demás autonomías pugnan por aligerarla desde el arranque de la precampaña. Y la segunda porque, vistos los resultados de sus dos legislaturas, pocos creen en la necesidad de mayores poderes transferidos y aún menos de un statu quo sin precedentes en el sistema español.

Parecen tiros por elevación, huidas hacia adelante o tácticas de disimulo de las frustraciones de su política. Ni la una ni la otra aportan elementos positivos para salir de la crisis y mejorar una de las tasas de desempleo más escandalosas del país. A mayor abundamiento, la legítima "consulta" sobre el modelo económico que la ciudadanía desea -o turismo o prospecciones petrolíferas- no augura el placet constitucional después de lo que está ocurriendo en Cataluña, con un presidente errático que bracea patéticamente para no ahogarse. Es fácil detectar en la opinión isleña una subida de la compatibilidad de ambos modelos, no excluyentes sino "inclusivos" en la construcción de un futuro realmente próspero, sin amenazas de distanciamiento del Estado que muy pocos respaldan.

Rivero no ha hecho más que quejarse de una cuota de gasto estatal por ciudadano inferior a la media nacional, sin desarrollar estrategias válidas para equipararla. Si a esta vieja desigualdad añade gravámenes tributarios que otros eliminan, el error se duplica. Y si juega la peligrosa baza de la soberanía en una comunidad que recibe más de lo que aporta, apaga y vámonos. Tal parece como si quisiera montar el rataplán de sus ilusiones antes de pasar a la reserva. Ese mogollón de medidas improvisadas contiene más fermentos de impopularidad y fracaso que posibilidades de éxito. Lo inaudito es la falta de prudencia y discreción que se espera de un cesante cuando debería concentrarse en facilitar la sucesión renovadora. Aunque él no lo crea, Rivero está amortizado de sobra. Si no se modera, conseguirá amortizar a su partido.