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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Cuando no se puede salvar una vida

Míriam tenía 34 años y estaba embarazada cuando los médicos le diagnosticaron un cáncer. Se quejaba de tos y dolor de espalda. En la radiografía de tórax el pulmón izquierdo estaba colapsado y su tórax lleno de líquido. Extrajeron una muestra para analizarlo. Los médicos esperaban que fuera un líquido infeccioso pero el resultado fue bien distinto: cáncer de pulmón. Míriam nunca había fumado o vivido con nadie que fumara, hacía deporte y seguía una dieta sana. Los médicos decidieron empezar el tratamiento cuanto antes. Como estaba en la semana 39 de embarazo le indujeron el parto. Al día siguiente del parto le hicieron varios análisis y un escáner. Tenía un cáncer pulmonar de células no pequeñas originado en el pulmón izquierdo. Más del quince por ciento de los cánceres pulmonares ocurren en no fumadores, algo que la gente desconoce. El de Míriam estaba muy avanzado, con metástasis en varios nódulos linfáticos del tórax. Su cáncer era inoperable pero había varias opciones de quimioterapia, especialmente con un fármaco que actuaba contra una mutación frecuente en cánceres de pulmón de mujeres no fumadoras. Según el oncólogo, el 85 por ciento responden a ese fármaco y durante mucho tiempo.

Palabras como "responden" y "mucho tiempo" se suelen utilizar mal para encubrir una tragedia. La realidad es que no existe cura para el cáncer pulmonar en esta fase. Incluso con quimioterapia, la supervivencia media es menor de un año. La quimioterapia le produjo efectos secundarios molestos. Tuvieron que drenar quirúrgicamente el líquido del tórax y como seguía produciéndose, el cirujano le insertó un pequeño tubo permanente para sacarle líquido cada vez que se acumulaba y dificultaba la respiración. A las tres semanas del parto ingresó en el hospital con dificultad respiratoria por un embolismo pulmonar (un coágulo en una arteria pulmonar), algo que no es infrecuente en pacientes con cáncer. Los análisis revelaron que sus células tumorales no tenían la mutación contra la que actuaba la quimioterapia. La trataron con otros dos fármacos antitumorales pero uno de ellos le produjo una reacción alérgica tan brutal que tuvo que ser sustituido por otro.

Durante las siguientes cuatro semanas, Míriam permaneció en casa con su bebé, su marido y sus padres que se habían mudado para ayudarla. Dos meses más tarde un nuevo escáner reveló que el tumor había crecido. La quimioterapia había fallado. Se cambió el tratamiento por un fármaco experimental que había logrado extender la supervivencia en algunos pacientes. A decir verdad, los pacientes solo habían sobrevivido dos meses más por término medio. Su enfermedad avanzaba poco a poco, estaba cada día más cansada y respiraba con dificultad. Tan solo cinco meses después de ser diagnosticada, iba en silla de ruedas. El nuevo escáner fue una sentencia: el tumor se había diseminado al pulmón derecho, al hígado, al abdomen y a su columna vertebral. Se le acababa el tiempo.

Este es el momento en que esta historia plantea una pregunta clave en esta era de la medicina moderna: ¿qué queremos que hagan ahora Míriam y sus médicos? Dicho de otra manera, si tú fueras el que tuviera cáncer metastático ¿qué querrías que hicieran tus médicos? En esta época en la que todos perseguimos la inmortalidad, el aumento del gasto sanitario es un tema recurrente. Se estima que cerca de una cuarta parte del presupuesto sanitario se gasta en el cinco por ciento de los pacientes que están en su último año de vida y que la mayoría de ese dinero se gasta sin aparente beneficio en los últimos dos meses. Para un paciente con una enfermedad incurable, el coste del tratamiento tiene forma de U, donde el mayor gasto tiene lugar al principio del diagnóstico y en los últimos seis meses de vida. Nuestro actual sistema sanitario es excelente en evitar la muerte por seis mil euros al mes de quimioterapia, por dos mil euros al día en unidades de cuidados intensivos, o por tres mil euros a la hora de cirugía. Pero al final, la muerte llega y nadie sabe cuándo parar.

El gasto sanitario de un país o de una región debe tener límites. No podemos dar de todo a todos. Los demagogos protestan contra la racionalización del presupuesto sanitario pero debaten la pregunta equivocada. El fracaso de la medicina al final de la vida tiene raíces más profundas. En EE UU, algunas Unidades para Pacientes Críticos son salas de gente moribunda con cables y tubos insertados en orificios naturales y artificiales, muchas veces por exigencia de los familiares del paciente. Conocedores de que tenían una enfermedad terminal, la mayoría de estos pacientes murieron sin estar preparados para la fase final de sus vidas, mientras sus cuerpos sufrían un ensañamiento terapéutico sin percatarse de que jamás saldrían vivos del hospital. Esta medicina tecnológica ha fracasado y el coste de este fracaso se mide en algo más que en euros. La pregunta que tendremos que hacernos no es cómo vamos a mantener nuestro cada vez más caro sistema sanitario sino cómo podemos construir un sistema sanitario que realmente ayude a los pacientes con enfermedades terminales a lograr lo que ellos consideran que es más importante al final de sus vidas. Buen día y hasta luego.

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