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Un gremlin al volante

Cojo el otro día un taxi y coincido con un conductor la mar de amable y educado, de esos que hablan con sentido común de la situación del país y que incluso llegó a recomendarme un libro sobre el buen gobierno. Bien. Me deja frente al periódico en doble fila y, en eso, el del coche de atrás, obligado a frenar, lo adelanta y a su altura baja la ventanilla y le increpa por parar en mal sitio, a lo que mi educado taxista le responde con un : "Gilipollas" a grito pelado. Lo curioso es que a mí se me quedó el insulto en los labios al ver gesticular al otro como si le hubieran mentado a su madre. ¿Qué nos pasa cuando nos ponemos al volante? Yo presumo de ser una persona pacífica que huye de las peleas y los conflictos, pero en cuanto me subo al coche me transformo como un gremlin macarra y furibundo dispuesto a romperle la cara al que me haga un gesto por no poner el intermitente. Y no somos sólo el taxista y yo. Leo una encuesta que refleja que el 53% de los conductores gesticula o insulta a otro conductor que lo moleste con sus maniobras y un 42% devuelve los insultos. Poco me parece. Preocupada por esta irresistible tentación de soltar tacos por la ventanilla, he echado un vistazo por ahí y me he encontrado con varios artículos de psicólogos que explican este nada edificante comportamiento. En uno de ellos se habla de los beneficios de soltar tacos, así en general, para liberar la ira, algo que sé yo desde que una vez, tras repetir cabreada varias veces "joder" y "mierda" de forma alternativa, me quedé como la seda. Pero, ¿por qué esa agresividad aflora en el coche y no en la panadería o en el bar de enfrente? Teorías hay muchas. Hay quien dice que la conducción no tiene nada que ver y que depende de la personalidad de cada uno, otros que conducimos como vivimos: compitiendo, y otros que el coche crea tensión, soledad, hastío y estrés y que hay que descargar por algún lado. Yo, ¿qué quieren? No me identifico con ninguna de estas teorías, como tampoco con quienes consideran que el coche es como el hogar, un espacio nuestro que hay que defender de los intrusos. Quizá lo que pasa, como apuntan otros psicólogos, es que, como no podemos hablar con los conductores que nos han disgustado y no hay otro código de comunicación, recurrimos a lo más directo, que es el dedo corazón en alto y el improperio. No sé. En cualquier caso, y tras ver al taxista desaforado, he decidido cortarme a partir de ahora y no ir por ahí devolviendo insultos. ¿Que no es fácil? Más de lo que creen. No hay más que mirarse al espejo en esos momentos de ira feroz y ver la cara de energúmeno descerebrado que te devuelve el reflejo. Les aseguro que no falla.

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