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Apuntes

La España autonómica de risa y pena

El Canal Sur, la televisión regional de Andalucía, dejó sin campanadas a la audiencia; literalmente dejó a cientos de miles de personas con las uvas en la mano y una sensación de incredulidad y bochorno. Los anuncios robaron unos segundos valiosos, estratégicos podría decirse, para la retransmisión más esperada del año, y por lo tanto, más preparada: los tañidos que dejan atrás 2014 y dan la entrada a 2015. Meter publicidad en medio de las campanadas es como poner anuncios cuando se tira un penalti o cuando un nadador salta desde el trampolín. No hay crisis económica que lo justifique.

Pero allá los andaluces con sus ridículos y sus investigaciones, a pesar de la dimisión preventiva del jefe de emisiones; no podía imaginarse Susana Díaz que sus esfuerzos por demostrar que Andalucía era imprescindible para la gobernación española, iban a tener este contratiempo: en vez de dar una lección de competencia y de estar con los tiempos, ha protagonizado un fracaso bufo de los que hacen época y hemerotecas.

Claro que los canarios no le andan a la zaga. La emisión de las campanadas desde La Graciosa fue uno de los espectáculos más cutres y paletos que se recuerdan; y eso que desde hace unos años la autonómica -atinómica, como insiste en llamarla Juan Fernando López- se ha empeñado en redescubrir la horterada y el aldeanismo más tontorrón y patán. Pero no solo con el esperpento de un programa ambulante estilo 'La Moyera' ¿se imaginan sustituir la Puerta del Sol en Madrid por Cercedilla? sino con todo lo demás, que también fue una campanada, pero de mal gusto. Los trajes que desnudaban a las presentadoras, patético, una escena de cabaré provinciano tipo Tánger Club o Flamingo de los años 60, los cucuruchos de fiesta de bloque de polígono, la palabrería hueca, la gracia pajiza, el público apiñado alrededor del escenario, posando con los inevitables postureos que los convierten en copiones del lenguaje de signos... Un guión pe- noso, una coreografía kitsch, unos minutos grotescos. Menos mal que Manolo Vieira elevó el nivel; demostró una vez más que la canariedad, el folclore de la risa, no está reñido con el humor universal.

El resto de las televisiones estuvo en la tónica: olor a quinina. TVE se salvó gracias a José Mota; pero solo ese paréntesis. Todas las demás, menos La Sexta, gracias a un especial de 'El Intermedio' con el Gran Wyoming dedicado a la corrupción, y al Club de la Comedia con Eva Hache, compitieron en los enlatados pasados de caducidad. Claro que tomando como referencia a la TVC se le encuentra valor gastronómico hasta a la cagarruta de cabra. Qué caspa... Me recuerda una maldad vitriólica, de esas sin fisuras que eran su marca de la casa, que le dijo una vez Salvador Sagaseta a un calvo con peluca: "es una peluca perfecta; ¡hasta tiene caspa!". La 'Tele Cospedal' castellano-manchega lucha con denuedo por mantener alto el listón de zafiedad de los últimos años, que suscita admiración por la paciencia castellana ante la estupidez engreída de la corte cospedaliana.

Es una dura pugna por el liderazgo del recadero y la fatuidad con otras emisoras, como la gubernamental de Cataluña, una máquina de trepanar de altísima calidad para la idiotización ma- siva.

Pero eso es contagioso. No bien terminó de hablar el rey Felipe VI en el tradicional discurso de Navidad de la Corona - el único fallo según IU es que no proclamó la III República- cuando en todas las autonómicas lo hicieron, con atrezo de diseño, los presidentes autonómicos. Fue una parodia coral, y una exposición del poco seso de los 'barones' revestidos de impostada trascendencia histórica. El Rey pronuncia el discurso navideño porque es el único que da de contenido general. El resquicio que le deja la Constitución. El presidente del Gobierno de la nación y los regionales tienen los discursos del 'estado de la nación' y de la Comunidad Autónoma. O sea, que utilizan las fechas navideñas y de fin de año para hacer lo mismo que hace el Rey, con el agravante añadido de una decoración de cartón piedra donde los diseñadores 'venden' a su señorito como se vende el vino, los coches o las prostitutas, chaperos o transexuales de las páginas XXX. En el frenopático político en que vivimos este es un complejo de inferioridad mutado en complejo de superioridad. Afloración subconsciente: lo que quieren es ser virreyes en taifas; y algunos lo ejercen.

Esta España parece un racimo de plátanos, donde cada plátano quiere ser un racimo. Pero entre todos, sobresalió el extremeño Monago, la mejor demostración empírica de dos patas de las leyes de Peter: este hombre alcanzó su nivel de incompetencia cuando dejó de ser bombero profesional. El casco debía de ser para él como la cabellera de Sansón.

¿Feliz año? Feliz, feliz... puede que no; pero aparte de llorar de pena por los derechos constitucionales arrancados con crueldad vamos a reír 'hasta decir basta', al menos para no morir desternillados.

(tristan@epi.es)

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