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Aula sin muros

En nombre del Señor

Un canal de televisión argentino emitió un largo debate sobre los abusos sexuales a menores cometidos por jerarcas y sacerdotes de la Iglesia Católica y otras iglesias. Para ilustrarlo abrió con unas imágenes en las que aparece el obispo de Granada y un grupo de sacerdotes postrados en el atrio de la catedral en actitud de disculpa y perdón por los pecados cometidos por unos religiosos contra la virtud de la castidad y el celibato. De esta manera me entero de que se trata de un grupo denominado los Romanones investigados por la Policía debido a los continuados abusos sexuales cometidos contra menores cuyo ideario y comportamiento le conferían la categoría de secta. La imagen del papa Francisco, cardenal arzobispo que lo fue de Buenos Aires, tuvo evidente y relevante protagonismo en la noticia cuando se interesó por el caso, pidió público perdón y eso hizo que una de las víctimas se decidiera a denunciar el caso a la Policía. No es el único caso que se produce en los últimos años y que, divulgado por los diferentes medios de comunicación de medio mundo, no ha provocado precisamente reacciones de arrepentimiento en gran parte de la jerarquía católica. En España, por ejemplo, el obispo Cañizares, con un cargo de relevancia en asamblea del episcopado, interpretando como ataques a la Iglesia las noticias sobre casos de abusos divulgado por los medios dijo: "intentan silenciar a Dios en la sociedad". Mayor gravedad reviste lo que manifestó el obispo de la diócesis canaria de Tenerife cuando dijo que "hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además deseándolo, incluso si te descuidas, te provocan". Un capellán de la cárcel de Alcalá, condenado por abusar de una menor, se vanagloriaba de que la "chica lo quería mucho" y en referencia a su madre, fue más lejos y dijo que "le gustaría tener un hijo conmigo y que fuera tan inteligente como yo". Para concluir la parrafada de donjuán frustrado sentenció: "Cuando era joven me dieron un consejo, hay que ganarse a las madres".

Pero las historias de abuso sexual (un tipo de maltrato dirigido contra la integridad psíquica y moral de los menores) no son de ahora. En la memoria de muchos internos y alumnos de colegios religiosos se esconden secretos muy bien guardados de un tiempo oscuro en el que cualquier mínima denuncia o queja se interpretaba como una injuria o difamación contra hombres consagrados a Dios en virtud del uso de la sotana o los hábitos. La explicación apunta a años de una libido reprimida sublimada en voto de castidad y entrega voluntaria a los designios del Señor. Precisamente en su nombre se han cometido y se cometen los atropellos. El poder, la ascendencia que se tiene sobre una o un menor es aprovechada para que, con el pretexto de comunicar amor divino, se pase a las caricias y de ahí a todo tipo de tocamientos con lo que se cierra el círculo que define el maltrato y al maltratador: "Contacto o interacción entre un adulto y un niño en el que éste es utilizado como estímulo o placer sexual". No deja de ser una demostración de carencias afectivo-sexuales arrastradas desde una adolescencia marcada por años de clausura o veto, como pecado de lujuria, a todo lo que significara relacionarse con el sexo opuesto. Hace años me decía un sacerdote amigo "a nosotros también se nos empina lo que pasa es que lo tapa la sotana". Sacerdotes y teólogos actuales no ven nada malo en el amor a una mujer. Bien lo saben los miles que abandonaron el sacerdocio ("colgaron la sotana") entre otras razones, por verse privados de algo tan natural y gratificante como dar y recibir el amor prohibido venido de una mujer. Tal cual lo hicieron los primeros apóstoles y presbíteros de la primitiva iglesia. Es más, los hay que se niegan a dejar de administrar los sacramentos y decir misa y no se avergüenzan de sentir el pálpito de una mujer a quien se quiere. Lo ven como motivo de equilibrio emocional y defienden la abolición del celibato y el matrimonio de los clérigos como una de las soluciones a la ya arraigada crisis de vocaciones sacerdotales de las últimas décadas. Además de normalizar una relación tenida como pecaminosa desde hace siglos sería una manera de que algún sacerdote libidinoso no tuviera una interpretación maleva del adagio evangélico de "dejar que los niños se acerquen a mi".

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