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LP Confidencial

Tuteo

Acaso no sea en el fondo lo más importante. O tal vez sí. Al menos para quienes creemos en ese viejo dicho tan castellano de que "nadie es más que nadie".

Me refiero a la incidencia de nuestro joven monarca en el tuteo al dirigirse en su primer discurso de Navidad a quienes no somos ya súbditos, sino ciudadanos de una democracia.

Sólo debería utilizar el tuteo quien no tenga derecho a molestarse si su interlocutor le da a su vez de tú, y éste al parecer no es el caso en palacio.

Está bien que tengamos que dirigirnos al monarca con la palabra "Señor" mientras que él puede llamarnos por nuestros nombres de pila, pero la renuncia al tuteo sería un gesto importante de "aggiornamento" de la monarquía. Y perfectamente asumible, piensa uno, por don Felipe.

Pero no es ése el único "tuteo" que se nos antoja inadecuado en este siglo XXI. Hay otros que chirrían. Por ejemplo, cuando un jovencito imberbe en cualquier establecimiento le espeta al cliente o a la señora que ya peina canas: "En qué puedo servirte".

Es posible que si se trata de una dependienta joven y el cliente es un caballero sesentón, éste se sienta de pronto halagado y como rejuvenecido, pero ésa es otra historia.

La respuesta clásica en casos de tuteo inapropiado ya se sabe que era aquello de "en qué mesa hemos comido juntos".

Eso es lo que parece que le ocurrió al fotogénico secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, cuando en un programa reciente de televisión comenzó a tutear al patriarca de una familia catalana.

Éste intentó inmediatamente marcar distancias llamándole Sr. Sánchez, y dándole de "usted", sin que el político pareciera darse por aludido.

Con anterioridad, en com-pañía de su entrevistador, el dirigente socialista se había dedicado a besuquear y tutear a cuantas señoras se encontraba por la calle sin que parecie-ra importarle la edad que tu-vieran.

Hay países latinoamericanos en los que tutear a una persona a la que no se conoce es casi un insulto, y esto es algo que los españoles que viajan allí no parecen tampoco tener muchas veces en cuenta.

El que, a diferencia del inglés moderno, en nuestra lengua dispongamos de esas dos fórmulas para dirigirnos a una persona, según el grado de familiaridad o el respeto que pueda merecernos, es por supuesto una riqueza.

Pero hay que usar una u otra siempre con tiento y sobre todo, para volver al principio, debería respetarse siempre el principio de reciprocidad.

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