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Crónicas galantes

Vuelven los sultanes

Erdogan, el presidente turco que fue socio del español Zapatero en la efímera Alianza de Civilizaciones, ha decidido que la buena es la suya y -en consecuencia- está poniendo todos los medios para que su país regrese al Sultanato. Un día restaura el velo islámico en las escuelas, al otro exhorta a las mujeres a volverse a la cocina con la pata quebrada y, cada vez que alguien le reprocha estos anacronismos, encierra a unos cuantos periodistas en la cárcel.

De hecho, la organización Reporteros sin Fronteras ha distinguido al régimen de Erdogan como uno de los más activos en la tarea de enjaular plumíferos, detalle de no poco mérito si se tiene en cuenta que Turquía compite en ese podio con China y Cuba.

Islamista y a la vez "moderado", lo que tal vez sea una contradicción entre los términos, el ahora presidente logró durante su etapa de primer ministro que la Unión Europea concediese a Turquía el estatus de país candidato a ingresar en ese selecto club de democracias. Quizá un poco despistados, los gerifaltes de Bruselas valoraron entonces las leyes liberalizadoras que Erdogan promulgó durante los primeros años de su mandato.

Una vez asentado en el poder, el moderado Erdogan pasó a dar la razón a los escépticos que desconfiaban de sus verdaderas intenciones. Las mujeres fueron las primeras en enterarse, al saber por boca de su presidente que en modo alguno deben aspirar a los mismos cargos que los hombres, puesto que su naturaleza "es diferente". Después vino la represión contra las descocadas parejas que se atrevían a pasear cogidas de la mano, la censura de páginas web de contenido impío y el arresto de decenas de periodistas que insistían en darle a la tecla sin el debido respeto al sultán.

Todo esto choca particularmente en el caso de Turquía, una república de origen casi unipersonal fundada por Kemal Ataturk que durante décadas fue una excepción dentro del mundo musulmán. Lejos de la teocracia en la que incurren muchas de las naciones donde esa religión es mayoritaria, Ataturk instauró en su país un régimen laico y ade-lantado a su tiempo, aunque a la vez autoritario y tutelado por los militares.

El así llamado padre de los turcos concedió a las mujeres el derecho al voto en 1934, mucho antes que varios de los países que hoy forman la UE; y por si ello fuese poco, prohibió la exhibición de símbolos religiosos y sustituyó la ley islámica por un Código Civil inspirado en el de Suiza. A ello habría que sumar aún la adopción del calendario gregoriano y la sustitución de la grafía árabe por el alfabeto latino, con el propósito general de situar a Turquía entre las modernas naciones occidentales.

Ochenta años después, las urnas y la Historia -que gira en un eterno círculo, como los derviches- han puesto al mando de los turcos a un retrógrado tan acreditado como Erdogan, que sueña con la vuelta al sultanato y a las glorias del imperio otomano del mismo modo que Putin cultiva en Rusia las nostalgias del zarismo. Se trata de un revival de otros tiempos al que, por desgracia, no son ajenos otros países de Europa en los que vuelven a campar electoralmente las añoranzas de Lenin y del fascio.

Si los partidarios del califato luchan por restaurarlo en Siria e Irak, nada parece más lógico que también los sultanes y el integrismo vuelvan a la otrora laica Turquía. Aunque no sean exactamente los sultanes del swing.

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