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Tropezones

Fantasmadas

Me honro con la amistad de L. V. y por ser mi amigo me guardaré muy mucho de colgarle cualquier calificativo despectivo. Pero es un hecho que a los ojos de otras personas podría acreditar cierta fama de fantasma.

Veamos.

Una amiga, vecina de rellano de su piso, al tener que ausentarse por espacio de dos meses, le encomendó a mi compañero que se hiciera cargo del riego de sus plantas. Él accedió solícito, aún no comprendiendo muy bien que mereciera la pena cuidar cuatro geranios birriosos. Como que no se molestó en regarlos, sino que un par de días antes del regreso de su vecina se fue a la floristería y procedió a sustituir las pobres plantas aquejadas ya de marchitez terminal, cosechando abrazos y parabienes de su amiga, impresionada por la vigorosa lozanía de sus flores, casi irreconocibles.

En otra ocasión, en una salida al extranjero con una medio novia, se le presentó la oportunidad de visitar unos parajes naturales de gran belleza, pero el autobús turístico que había de llevarles no tenía más pasajeros que dicha pareja, no alcanzando las cuatro plazas mínimas preceptivas para posibilitar el viaje. Ni corto ni perezoso, compró cuatro billetes e hizo posible una excursión memorable, los dos solos con el simpático chófer de guía, que no puso ningún inconveniente en modificar su hoja de ruta, para acoplarse a los deseos de los tortolitos. Ya metidos en gastos, a la hora de asistir a una función de ópera en la misma ciudad, no tuvo el menor reparo en comprar todos los asientos de uno de los palcos, garantizándose así una privacidad valiosa, y el acceso al confortable antepalco, al abrigo de miradas indiscretas.

Sé que alguien me podrá alegar: "Claro, con cartera cualquiera puede ser así de rumboso".

Pero no creo yo que sea sólo cuestión de posibles, sino más bien un tema de enfoque. Como lo atestigua la siguiente iniciativa de nuestro presunto fantasma.

A causa de una huelga de la compañía aérea en el aeropuerto de los Rodeos, mi amigo se quedó tirado en la terminal, abarrotada de gente arrumbada por todos los rincones, con mínimas esperanzas de salir para Las Palmas ese mismo día.

Tras unas averiguaciones, vio la posibilidad de alquilar una avioneta de 7 plazas. Pero claro, no se podía plantear la jugada del autobús, comprando las otras 6 plazas.

Así que sin cortarse un pelo, como el que vende boletos para una rifa, al que sólo le quedan unos pocos que seguro serán los premiados, enarboló un papel como bandera de enganche, paseándose por la terminal gritando "¡me quedan 6 plazas para Las Palmas!"... "me quedan 5 plazas"... "¡las 4 últimas plazas para Las Palmas!" Por supuesto que los billetes salían más caros que los de Binter, pero aun costando casi el doble merecía la pena ahorrarse una pernoctación. Los siete pasajeros, reclutados en diez minutos, llegaron sin novedad a Gando en menos de media hora.

No pienso revelarles la identidad del "fantasma". Como pista les diré que las iniciales verdaderas no son L. V. sino otras.... aunque eso sí, bastante parecidas.

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