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Aula sin muros

Violencia en los fondos

Se colocan en el fondo de los anfiteatros futboleros. Enarbolan banderas y artilugios, animan a los suyos tanto como se dedican a amenazar e insultar a los contrarios. A través del ojo televisivo, que ahora lo agranda todo, hemos podido contemplar todo tipo de gestos e improperios que dedican a los jugadores adversarios. Entre ellos los energúmenos, que se alongan, con los ojos inyectados en odio, tras las vallas y la masa enfurecida, en un intento de agredir al jugador que se acerca a poner la pelota en juego. Lejos quedan los tiempos en los que se aplaudían los bellos goles o jugadas maestras de un jugador contrario habilidoso con el balón. Luego se pasó al silencio aquiescente del que admite lo irremediable. Hoy directamente se le señala como cornudo o se le recuerda que es hijo de una madre afortunada. Estos grupos de aficionados, hinchas o fanáticos, llamados ultras, barras o, en inglés, hooligans, consideran a los jugadores del otro equipo, más que como adversarios con los que se puede ganar o perder, como enemigos a los que hay que batir. Porque así los tratan en una lucha identitaria cargada de violencia que, a veces, se convierte en actos delictivos. Cuando algún directivo, cansado de tanto desafuero, los pone a raya lo asaetean con toda clase improperios y amenazas. Los barras de un equipo señero de Buenos Aires han asaltado varias veces las oficinas del club llegando a secuestrar, durante varias horas, al presidente conminándole a que cediera a sus pretensiones: que retirara la prohibición de cerrar uno de los locales del estadio donde guardaban sus banderolas astadas con pinchos, palos y toda clase de chatarrería entre la que la Policía descubrió pistolas, no precisamente de fogueo. La violencia, que ahora ha prendido la alarma en la sociedad y la alerta en las autoridades administrativas del mundo del fútbol y la Policía no es nueva. Pero ahora reviste la gravedad de las muertes violentas provocadas, en este caso, por reyertas de grupos violentos a los que no se les debe llamar aficionados sino, directamente, delincuentes. Las influencias de este tipo de comportamiento tribal son variadas. En una ocasión un astro activo del balón comentó que no le disgustaba el griterío insultante del graderío puesto que el pago de la entrada le daba derecho, además de ver ganar a su equipo, a desahogar los problemas que arrastraba a lo largo de la semana. No deja de asistirle la razón por cuanto a nadie se le esconde que el fútbol, además de la fruición de espectáculo de masas, cumple una función catártica liberadora de tensiones y frustraciones acumuladas. Pero, a nivel sociológico, no es menos cierto que existen otros factores que contribuyen al fenómeno de la violencia en los fondos. Los directivos han azuzado la ira de los hinchas o barras desbocados. Han venido protegiendo a los ultras con toda clase de prebendas. Alguno se ha quejado de que el público asistente parecía más espectador de un teatro de ópera que de un estadio o proponen acortar las gradas, tanto para que los jugadores sientan el calor de los suyos, como los contrarios la intimidación que les provoca el griterío vociferante casi encima de sus cogotes. Pero también influyen los comentarios de periodistas, locutores o tertulianos deportivos, cuando, enfundados en la elástica del equipo de sus amores, se reafirman en el deseo de que "tenemos que ganar", a toda costa, aunque sea de "penalti injusto en el último minuto". Un famoso animador de las noches radiofónicas deportivas dijo, al referirse a un equipo que visitaba un campo rival, que "había que recibirlos a cantazos". En una emisora de gran audiencia le escuché comentar a un periodista deportivo que todo aficionado culé debe nacer y llevar en su ADN, sic, el odio a lo "blanco". Por supuesto, contó con la aquiescencia bobalicona e interesada de sus compañeros de cenáculo del programa de la noche deportiva. En la misma línea es habitual que comentaristas del deporte rey atribuyan las derrotas sufridas como propias, más a errores propios que a las excelencias o el acierto del juego del contrario. Esto que parece una costumbre inveterada, complicidad entre directivas de clubes, prensa del lugar y afición, ahora han prendido botones de alarma, cuando de las palabras se pasa a los hechos y estos pueden llegar a revestir la gravedad de atentar con la vida de hinchas rivales. La medidas judiciales, administrativas y las penas a los infractores pueden servir de disuasión a los violentos pero la solución está en la educación, sin distinción de edad o clase social: el otro también existe y la aceptación, con deportividad, del triunfo ajeno y el culto a la estética del juego, venga de donde venga, tiene un alcance que supera las cortas miras de los bravucones y mal educados que gritan e insultan detrás de donde se coloca el que intenta mantener su portería virgen de los aciagos balones "que besan la red" (¡oh paradoja de amores enemigos!). Además de estar atento a las arremetidas de la marabunta que llega, a este singular jugador no de campo, se le exige temple para desatender la bulla infernal que ruge a sus espaldas. No en vano, en lenguaje psicológico-agonístico moderno, se habla de la soledad del portero o arquero de fútbol.

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