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Reflexión

Atrapados

El reciente atentado a "Charlie Hebdo", con sus dolorosas connotaciones, vuelve al primer plano de realidad una cuestión que viene tiñendo de rojo el transcurso del presente siglo: el terrorismo islamista, fundamentalmente, aunque también otras formas de esa macabra estrategia del terror.

Forzoso es que nos preguntemos por las causas. De dónde surge - y porqué - este fenómeno que amenaza cada vez con mayor amplitud y violencia nuestras sociedades desarrolladas.

Una primera respuesta, genérica y simple, podría ser la de señalar nuestra "condición humana". Coexisten en nosotros, junto a nuestros impulsos constructivos, amorosos y sociales, pulsiones destructivas y afán de poder que se armonizan -mejor o peor- en la mayoría de los sujetos bien socializados. Un equilibrio delicado que se rompe puntualmente, o da lugar a amargas contradicciones, tanto en casos individuales como en grandes colectivos. En situaciones límite el comportamiento humano se torna "inhumano". Sobran ejemplos en la historia reciente.

¿Qué hace falta para que se movilice la agresividad, latente en todo animal por racional que sea?

La frustración, en sus distintas formas; especialmente si es persistente y afecta a nuestro sentido de la identidad, como persona o como parte de un colectivo. La agresividad, en esas condiciones, surge espontánea, o si es estimulada por una propuesta alternativa gratificadora. La creencia en una gratificación plena, por toda la eternidad, el reconocimiento de sus iguales o la gloria, tiene fuerza para movilizar a grandes colectivos. Pierden su sentido crítico, identificados con el grupo, hasta doblegar su instinto más primario: el de conservación.

Las sociedades democráticas, atadas al respeto por los derechos constitucionales y las libertades formales, se encuentran en una contradicción insalvable cuando son atacadas por grupos terroristas, emergentes de colectivos integrados -a medias- en su propia estructura social. Conjugar libertades y seguridad se hace muy difícil.

¿Qué hacer? Estas contradicciones ponen en crisis la propia esencia del sistema. Si se actúa "eficazmente" se vulneran los principios, dando razón a aquellos que los cuestionan. Por otra parte, es imposible controlar a colectivos que constituyen un porcentaje elevado de sus propios ciudadanos de pleno derecho.

Cabe preguntarse en qué medida la expresión del terrorismo es un fenómeno que puede aislarse de las culturas, ideologías o religiones en las que tiene su origen.

Los niveles de frustración de las sociedades difícilmente pueden objetivarse. En un mundo global las diferencias o desigualdades son tan evidentes como injustas. Los pueblos islámicos, cuyas poderosas élites gestaron otrora una cultura brillante, añoran su remota historia. Esa añoranza emerge ahora en las propuestas de una nueva Guerra Santa.

Mientras nos esforzamos en no herir sensibilidades y hacer lo "políticamente correcto", se impone abrir un debate hondo sobre la esencia de nuestra sociedad democrática, sus contradicciones y debilidades, para -en consecuencia- articular respuestas a esta guerra desigual que, a lo que parece, no ha hecho más que empezar.

¿Entramos en una nueva Edad Obscura?

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