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El hombre tranquilo

Rod Taylor quedó a un peldaño de ser una gran estrella porque a su carisma rocoso le faltaba quizás ese toque vulnerable que distinguía a William Holden y James Stewart, o el aura seductora y peligrosa de Sean Connery, pero lo que logró no es desdeñable: un actor sólido que nunca estaba mal (aunque las comedias no eran su fuerte), convincente cuando se colgaba el Colt 45 al cinto y eficaz cuando era la presencia firme que daba seguridad a personajes femeninos en problemas. Que Tarantino le diera un homenaje en Malditos bastardos es significativo: en cierto modo, Taylor fue un actor muy útil para películas que no eran de serie B, pero no habían logrado colarse en la categoría A, y en esa tierra de tantos brilló como pocos: muchos amantes del "western" consideramos Chuka, de Gordon Douglas, una de las obras maestras del género, y tal vez la mejor interpretación de Taylor encarnando a un pistolero que se sacrifica por amor. A Taylor, por quienes los televidentes que fuimos niños sentimos una gratitud especial desde la nostalgia por su serie Dos contra el mundo (que levante la mano quien la recuerde), le vino Hitchcock a ver cuando le llamó para Los pájaros. Recuerdo que hace muchos años, con don Alfred ya muy viejecito, Hollywood le rindió una cena de homenaje y Taylor, todo modestia, al ver al director cuchicheando algo al oído de su esposa, bromeó en su intervención diciendo que en realidad le estaba preguntando quién diablos era ese tipo, asumiendo que Hitch había olvidado por completo que había contado con él para una de sus obras maestras, en la que no aportaba la elegancia sarcástica de Cary Grant o la inseguridad atormentada de un Stewart, sino una tranquilidad a prueba de picotazos, un saber estar indudable. Como le decían a John Wayne en Río Lobo, Taylor era un hombre... confortable, creíble en obras de mucha verborrea como Mesas separadas y también en vistosas aventuras como El tiempo en sus manos, que cualquier niño con dos dedos de frente debería ver al menos una vez en su vida. La enfermedad de John Ford impidió al actor ser dirigido por el maestro en El soñador rebelde, y sospecho que el ogro irlandés se hubiera llevado muy bien con ese actor de sonrisa franca y sobrio en todo momento. Elegante en Intriga en el Gran Hotel, hizo a finales de los 60 cine de acción que hoy tiene cierto lustre de culto (Último tren a Katanga, un exitazo en España, el extraño policíaco Más oscuro que el ámbar), e incluso rodó con Antonioni, pero tras Ladrones de trenes, haciendo buenas migas con Wayne, su carrera languideció hasta el punto de protagonizar en España la olvidable Marbella, un golpe de 5 estrellas.

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