El día 31 Podemos ha convocado una manifestación que no tiene otro objeto que sí misma. Una exhibición de fuerza para demostrar su capacidad de movilización y anunciar el comienzo del fin del régimen. Entiendan régimen (como la expresión casta) según prefieran. Como ha apuntado algún agudo analista, Podemos no vende un partido, ni siquiera se compromete con un programa concreto y específico, sino que ofrece un relato, y para que todo el mundo lo comprenda y comparta y jalee, se trata de un relato de naturaleza alegórica y de una simplicidad a menudo catecuménica. Estoy convencido de que tendrán éxito.

Se me antoja improbable que se avizore al final de ningún régimen, aunque las elecciones autonómicas y locales agudizarán la crisis institucional en España y en Canarias. Lo que se avecina, según todos los estudios, es una crisis de gobernabilidad fruto de una fragmentación de los mapas electorales, no la III República ni la socialdemocracia sueca ni la lectura obligatoria de Thomas Piketty en los parvularios. Pablo Iglesias y sus compañeros no lo ignoran y es predecible que gestionen la inestabilidad política a favor de sus propios intereses, no que la eviten. Si el PSOE opta por incorporarse a un Gobierno con el PP, está muerto; si los socialistas apoyan a un Gobierno presidido por Iglesias, están acabados. Podemos ha crecido movilizando a abstencionistas y devorando la base del PSOE en las clases medias urbanas. El tripartito que se dibuja en lontananza será un instrumento para acabar de desollar el rabo de los socialistas y quedarse con los restos -aun golosos- de lo que fue su patrimonio político. Para Podemos, por tanto, las próximas elecciones son muy relevantes, pero no sustanciarán su objetivo último, que es, como ocurre con cualquier otra fuerza organizada, la llegada al poder. Cuando se les pregunta a los podemistas más serios y mejor informados sobre su programa político responden con una contestación sincera, pero muy preocupante: depende de la relación de fuerzas. El programa, por lo tanto, es una suerte de work in progress, una operación en curso permanentemente renovable, y no un compromiso nítido, coherente y cerrado. Como suele ocurrir con los partidos revolucionarios.

En Canarias, por supuesto, se desconoce cuál es el diagnóstico político y económico del país que maneja Podemos y el programa de gobierno que considera imprescindible aplicar en una situación de crisis enquistada en un sufrimiento social espeluznante. Y así estamos: entre un sistema que amenaza ruina y una alternativa que, envuelta en un estruendoso silencio, se alimenta taimadamente de los mismos escombros.