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La hora de los neokeynesianos

La operación de impresión masiva de billetes anunciada por el Banco Central Europeo, diseñada teóricamente para combatir la deflación, podría decepcionar a quienes ven además en ella una fórmula para multiplicar el crecimiento en la eurozona. Es cierto que la apuesta de Mario Draghi rebasa por primera vez el dique de la ortodoxia de la austeridad que hasta ahora imponía Alemania y que tanto sufrimiento ha generado en numerosas capas de la sociedad en los países del sur. Lejos de propiciar un fortalecimiento económico, la obsesiva batalla contra el déficit sustentada en recortes del gasto público ha deprimido la demanda interna y ha llevado al mercado común al estancamiento prolongado. La compra de deuda pública y privada por parte del BCE por valor de un billón de euros hasta septiembre de 2016 debería tener un efecto expansivo en las economías europeas, además de aliviar los costes financieros de los Estados y las empresas. Sin embargo son muchos los expertos que han advertido que la monetización por sí sola no relanzará la economía si no llega acompañada de las reformas estructurales adecuadas y de planes de estímulo fiscal que favorezcan la inversión en el tejido productivo.

La eurozona arrastra todavía problemas de competitividad en su modelo productivo que deben ser corregidos. Algunos dirigentes, como el primer ministro de Portugal Pedro Passos Coelho, han advertido que el plan del BCE no debe servir "para financiar gobiernos ni Estados", mientras que la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, no ha tardado en advertir que el bombeo de billetes diseñado por Draghi no será suficiente para relanzar la economía sin "reformas estructurales de fondo".

En la mente de estos dirigentes, siempre cercana al pensamiento más ortodoxo, están las palabras liberalización de sectores y flexibilización del mercado laboral. Por eso Lagarde puso ayer como España como ejemplo de políticas reformistas de calado. No obstante, estas no son las únicas vías. Emplear el dinero del BCE para ampliar y reforzar el plan de inversiones de la Comisión Europea (el conocido como Plan Juncker) o mejorar las dotaciones de los programas comunitarios de impulso a la competitividad de las pequeñas medianas empresas, el conocido como Horizonte 2020, además de un definitiva mutualización de las deudas que elimine daños especulativos, también deberían estar en la agenda.

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