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Al azar

Je suis Esperanza

La etiqueta Je suis Charlie te puede situar en la mirilla de un Kaláshnikov. O todavía peor, lastrarte con el estigma de islamófobo, que ya supera a fumador como la acusación más infamante del momento. Por tanto, he grabado en mi camiseta la leyenda Je suis Esperanza. Deseo ser juzgado con los exigentes parámetros aplicados a Mad Max Aguirre, la cólera de Dios al volante. El PP condenará con severidad los desaires a la policía, salvo que sean protagonizados por miembros del PP. En el rally Madrid Dakar protagonizado por Esperanza Aguirre se violaron todas las normas de tráfico, según el relato de los agentes del ayuntamiento del PP. Los eximios juristas nos ilustran sobre el plus de credibilidad de los funcionarios policiales, pero el juez ha desmentido incluso los hechos confesados por la califa madrileña. Solo le ha faltado consignar que la Infanta Aguirre iba a pie. Insisto, Je suis Esperanza. No la sigo por partidismo, Aguirre es una de esos políticos que me reconcilian con el dolor de muelas. Me apunto simplemente al Derecho de autor, a quién se le ocurre juzgar a una ministra de Aznar con las leyes que rigen para los apestosos manifestantes. El pedigrí es una eximente, el país dejó de funcionar el día en que se olvidó que todavía hay clases. Los escoltas no sirven a quienes pagan sus sueldos, son abnegados guardaespaldas que insultan su profesión, azuzados para intimidar a los agentes. El PP se inventa la prisión perpetua para los demás, porque el Código Penal es propiedad privada y se sirve en dosis homeopáticas para asuntos propios. Je suis Esperanza, en emotivo reconocimiento a una víctima del acoso policial. Se impone un homenaje a Aguirre, con prendido de velitas a las puertas del palacete donde se refugió de la autoridad por lo visto incompetente. La fractura entre realidad y Administración es definitiva. En España no solo se condenaría a un Cristo resucitado, como propone Dostoyevski en Los hermanos Karamazov y perdón por la islamofobia. Aquí se cargaría de grilletes hasta al papa Francisco, por disolvente.

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