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Piedra lunar

La Machanguita

Se nos antoja decir que Víctor Ramírez, un clásico de nuestras letras, tiene en su haber una tetralogía de discursos que configuran su variopinta personalidad: 1) La plática del encuentro espontáneo, nimbada de candidez hospitalaria; 2) La prédica política, con la fijación de la utopía (léxico del colonizado: 'esbirros del poder' en este ámbito atlántico, frente al mundo globalizado); 3) La variante musical, como crítica social al ritmo de rancheras, y 4) El discurso literario, un torrente de la memoria que penetra en el desvelamiento de parte de nuestra realidad colectiva. Nos centramos en su producción literaria ya que los tres primeros son consustanciales a su biografía de sangre caliente. El literario obviamente está cimentado en el texto y es el que perdura en el tiempo. La producción textual de Víctor Ramírez es torrencial, rompe los moldes habituales y nunca deja de sorprender, desde Nos dejaron el muerto a Largo oscuro origen hasta Por Magnolia Abrante, la Machanguita, obra de 2010, con edición de Idea en 2014. Todo ello es un festín de la memoria, expresada con 'léxico y sintaxis neuronal'. Y acuño esta expresión porque ahí es donde radica la fortaleza de su producción y por ende su aportación innovadora no sólo en nuestro ámbito insular, sino en la literatura hispánica. Por otra parte, es evidente que toda novela siempre acarrea una anécdota narrativa. En La Machanguita, un expolicía alcoholizado cuenta, al transcriptor de su discurso, las peripecias de Magnolia ("mendiga andrajosa avejentada"), personaje de la marginalidad suburbana (¿de nuestra ciudad? ¿Del barrio de San Roque? ¿De la isla interior?) No es necesaria esta identificación espacial, porque la obra, con sus personajes centrales y secundarios, crea su propio mundo y no necesita de referencias conocidas para sobrevivir en su universalidad. Lo que constantemente late en este texto es la tensión que crea el narrador de manera progresiva a medida que desvela los temas que configuran su tejido argumental: el incesto, el sexo desbocado, la muerte, la represión falangista, la emigración, sin caer en regionalismos obsoletos. Todo, expresado con un lenguaje espontáneo, cuasi transcripción oral, salpicado de neologismos ('machuno', 'varona', 'pleberío'). Una memoria circular que transita entre el presente y el pasado, configurando una identidad colectiva, con todos los demonios ocultos que no queremos ver en nuestra cotidiana vida insular, y que Víctor Ramírez nos desvela en esta, de nuevo, sorprendente construcción narrativa.

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