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Apuntes

El Carnaval y sus insanos efectos secundarios

No hay manera de que los políticos locales entiendan en qué consiste el derecho de todos los vecinos al descanso y a la tranquilidad, que como su propio nombre indica es el derecho a descansar y a estar tranquilos, a dormir sin sustos, ruidos ni molestias, echarse una siesta reparadora o canóniga, poder leer sin sobresaltos, pasear por los lugares creados para esa función, jugar en los parques, ir seguros en las aceras sin que un ciclista embista a los peatones, sin que las bicicletas dificulten el acceso a los comercios, sin cacas de perro, sin ladridos durante horas y horas que cuestionan quién es el verdadero animal en esas casas, sin descerebrados con los tubos de escape trucados... sin que los domingos se conviertan en días de estado de excepción con calles cerradas por frikadas y caprichos; poder vivir en Las Canteras sin tener que soportar conciertos y guineos hasta las tantas...

Un año más el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria se debate entre el ser y el no ser de los carnavales; y frente al ejercicio del derecho de los vecinos al descanso opone que no hay otro sitio para celebrar los mogollones, y como es habitual en esta Corporación, especializada en perder pleitos, desoye la sensatez de una sentencia judicial, que si peca de algo es de quedarse a medio camino.

Algunos hablan de los Sanfermines. Sinceramente, es como si se organizan carreras de cochinos en Triana. Los navarros son como son, y si les gusta ser perseguidos por los cuernos me parece bien. El problema es de aplicación del sistema de pesas y medidas: la característica diferenciadora es que el Carnaval de Las Palmas dura mucho más que los sanfermines. Y que el relajo y rebumbio, además, no se ciñe a estas fechas; aparte de la falta de observancia de las ordenanzas municipales.

La gente que vive en Santa Catalina, Luis Morote, General Vives, además de estar acosada por los caprichos peatonalizadores que liquidan el estacionamiento público, está condenada a ser rehén de los mogollones, desde hace décadas. Y aparte del disfraz de jolgorio pacífico y arcangélico, los mogollones consisten en un desmadre de decibelios, vómitos, tranques, borracheras, zombis, meadas, gritos, peleas, comas etílicos, insultos y agresiones de los mataos... Todo muy divertido, como puede verse. Para evitar los efectos secundarios de semejante manera de entender la interminable fiesta en Santa Catalina, un barrio de trabajadores y personas envejecidas, desde la alcaldía de don Juan Rodríguez Doreste se ideó el parque de la Música en El Rincón. En el parque de Santa Catalina quedarían los espectáculos -el concurso de murgas, las galas de las reinas, la propiamente dicha reina del Carnaval, la de la tercera edad, la infantil, la del Drag...- y en el parque de la Música, las concentraciones, carnavaleras o mítines políticos, que hoy viene a ser algo parecido, y los conciertos multitudinarios.

Pero, claro, si se descarta este proyecto por el peso de sucesivas ocurrencias y fantasmagorías en fase de delirio, la ciudad se queda sin un lugar apropiado, en cuanto a sus dimensiones y a su relativa lejanía de zonas residenciales masificadas. Este es un problema: tomar decisiones a tontas y a locas sin tener en cuenta las repercusiones de tanta bobería y tantos caprichos.

Cada vez que se acerca el mes crítico cientos de personas abandonan sus casas en el triángulo comprendido entre Franchy Roca, Las Canteras, La Naval, una zona ampliada hasta Mesa y López por la ocupación de la vía pública por terrazas que externalizan la actividad de los bares. Y como las calles no están insonorizadas, porque entre otras circunstancias las nubes son gaseosas y quedan muy altas, los edificios hacen de amplificadores por el principio del megáfono, de pilas o de latón.

Las autoridades y Cia. se equivocan si creen que el cíclico estado de sitio de la parte de la ciudad que les dé la gana, fuera del sentido común y el estilo de vida europeo, proporciona votos. Quizás los proporcione; pero son los que quita la gente cabreada que ve alterada su paz y su descanso.

¿Es una ciudad feliz la que tiene que soportar estas majaderías y molestias? ¿Se puede vivir bien donde además de no haber aparcamientos públicos, estar limitados los accesos por extravagancias y pijadas, se es objeto de una contumaz agresión al pacto de ciudadanía?

Lo que indigna a muchos vecinos de Santa Catalina, la mayoría, no es un día de mascaritas y botellones; ni dos ni tres, ni cuatro ni cinco ni seis. Es la falta de respeto y de consideración que no conoce límites. Claro, eso se acababa con listas abiertas y circunscripciones por distritos. A ver quién se atrevería en esas condiciones democráticas a machacar a un barrio. Sigan con los carnavales y con las murgas convertidas en consultores de filosofía y derecho político, y aténganse a las consecuencias.

(tristan@epi.es)

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