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Calafateando

El Papa y el yihadismo

Puede que el terrorismo yihadista responda a la ceguera, y por extensión torpeza, de políticas insensibles de las potencias mundiales hacia el Tercer Mundo y alcanza a Oriente Medio, conduciéndolos al estado actual de postración, lo que refleja el injusto mundo llamado moderno y civilizado que conocemos. La riqueza global universal va quedando en manos de unos pocos, mientras que ciudadanos continentales cada vez son más pobres y dependientes de lo más básico para desarrollarse con dignidad como personas. El 1% de la población mundial ya acumula más riqueza que el 99% restante. Los mandatarios de los países más desarrollados, ¿no son capaces de ver en la no integración real de los inmigrantes (que huyen de sus países por la persecución política y el hambre), el caldo de cultivo del yihadismo? Aquí poco se hace por integrar a esa juventud que viene en busca de una mejor vida; se les rechaza y conduce a la marginalidad, la droga y la delincuencia. Y con esto ¿qué ocurre? Cuando se les devuelve en caliente en la valla de Melilla y retornan a la Loma donde esperan la enésima oportunidad, se les acercan la red de captadores de la yihad de Siria y los reclutan sin mucho trabajo; tan desesperada está esa juventud sintiendo el rechazo, que ve en la criminalidad de Al Qaeda y su modus operandi extremista una tabla de salvación. ¿Qué hacen los países ricos por África, además de esquilmarla de sus riquezas naturales, de oro y piedras preciosas, así como gran reserva histórica de negritud esclava? Al gran poder global económico, ¿le interesa mirar para otra parte y que aquello no cambie porque les va que ni les cuento? Esa es la pregunta que debemos hacernos.

En respuesta al baño de sangre en la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo, el papa Francisco (hasta hoy el ocupante de la Silla de Pedro más parecido a Jesucristo), es verdad, no estuvo muy afortunado cuando puso el ejemplo de que si alguien le insulta a su madre puede esperarse un puñetazo suyo. No hay que ser muy avisado para darse cuenta que quiso decir que es natural y humana esa reacción, por lo que debemos pensar que no es algo que él haría ni en lo más remoto. El fondo de la desafortunada metáfora es que no se debe provocar la violencia de nadie, ofendiendo una religión que para esas personas, ancladas en épocas medievales, lo es todo. ¿Por qué les damos de forma tan gratuita más razones para seguir alimentando el odio? ¿Por qué se incita el extremismo fanático de una gente cuya escala de valores no es la nuestra? ¿Qué necesidad hay de hacer chiste, siempre mordaz e irrespetuoso para ellos con el Corán todas las semanas del año por esa revista satírica? Más gasolina al fuego, con lo que parece que buscan su reacción terrorista. A François Hollande, en sus horas más bajas, le ha venido muy bien.

En el ejercicio de nuestro derecho de expresión, ¿qué se busca con mofarse de Alá y su Profeta, convirtiéndolos en motivo de mofa y víctimas del escarnio bufón de los lectores de esa revista? Lo grave es que a todo el mundo occidental le parece que esa falta del debido respeto a la intimidad de las personas, que es en este caso la creencia religiosa, está bien; que como somos libres podemos hacer chirigota de algo tan serio. Esto quiere decirnos que nuestra libertad nos permite reírnos del vecino, de quien coge una colilla del suelo, del policía, alcalde, presidente del Gobierno, del Rey y el Papa. Pero de la pérfida Albión viene el súmmum: ¿conocen las últimas declaraciones del primer ministro inglés, David Cameron, sobre la comentada irreverencia del semanario francés? Dijo: "En una sociedad libre como la nuestra se puede ofender la religión de otro". Bien, en uso de su largueza permisiva yo le puedo contestar: Váyase Ud al carallo, señor primer ministro; es Ud. cínico y un perfecto medio tonto. ¿Cómo dice esa boutade de niño bien y engreído? Yo, como Ud. parece creer firmemente, con mi derecho de libertad de expresión (la que me consiente ofender a cualquiera, incluida una religión), me permito faltarle al respeto a Ud., ofendiéndolo, y me quedo tan pancho. Tanto como Ud. se ha quedado con sus declaraciones.

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