Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Javier Durán

Desviaciones

Javier Durán

Periodista

Carcas y progres

Mas que aglomeraciones, actos plebiscitarios, marchas sobre la capital o ceremonias masivas de autoafirmación este país necesita centrifugados de pensamiento: sentarse frente a frente. Quizás el último episodio de confesión fue cuando Santiago Carrillo y Adolfo Suárez se vieron por primera vez cara a cara y hablaron horas y horas para que La Pasionaria y Rafael Alberti estuviesen en el Congreso de los Diputados. Se acordaron renuncias, se deshacieron entuertos de décadas, se pusieron cartas sobre la mesa, se vieron los límites, se marcaron rutas.... Era la tensión para trazar los contornos de una nueva era, no infinita ni tampoco inmarchitable, pero sí ejemplificadora de que los traumas podían ser atendidos y medianamente cauterizados sin la necesidad de otro trauma. ¿Qué ha ocurrido para que aquel movimiento ético descienda muchos escalones en su valoración?

La filósofa Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Valencia, acaba de hacer lo que tan poco se hace en España, hablar de nosotros mismos, dejar que los oportunismos desciendan cuesta abajo y atender más el pensamiento de la sociedad, el malestar del ciudadano, la razón de su rechazo y de la negatividad que destilan las encuestas del CIS contra las instituciones. En una entrevista reciente, la directora de la Fundación Étnor (Ética de los Negocios y las Organizaciones) aportaba su clarividencia: "(...) Tendemos a dividirlo todo de antemano entre carcas y progres, y eso hace imposible el diálogo. Hay temas que la sociedad estaría dispuesta a discutir, pero nos dividimos de entrada. Sin diálogo no hay democracia. Es lamentable la partidización de la vida pública. Dices algo y te contestan: 'Eso lo dice el PP' o 'lo mismo dice el PSOE'. No, perdona, eso lo digo yo, Que no nos partidicen".

La mercadotecnia electoral, los trampantojos que preparan los asesores, las falsificaciones que cuelan en los programas, las promesas materiales e inmateriales resultan ahora, más que nunca, escombros que se amontonan en una cuenca minera, piedras y yeso de desecho que no logran alcanzar el nivel de convencimiento. Toca la sinceridad, la capacidad de transmitir que lo que se ofrece no se quedará en el parking de los engaños. Nace para los candidatos una época pedagógica, un esfuerzo descomunal para explicar qué ha sucedido, cuál es el nacimiento de la ruptura, y cómo tantos y tantos se mantuvieron en silencio, miraron hacia otro lado o se apuntaron a lo que Aranguren, recuerda Adela Cortina, diagnóstico años antes: la democracia se estaba desmoralizando a partir de los años ochenta, al empezar a vivir una etapa de "rebajas morales". Y abunda la filósofa: "En aquellos años empezó la cultura del pelotazo, la idea de que cualquier actuación está bien con tal de conseguir lo que uno busca. Nació el capitalismo de casino, el boom de la construcción. Todo valía con tal de ganar".

El circo dará de sí, digamos que es insaciable, estúpidas hazañas que tratan de incorporar a los prontuarios de los partidos la creciente insatisfacción, en una estela de podemonización dedicada a cubrir lo que cada uno, a su entender, debe ser la justicia social. En sentido contrario a la imitación está, cómo no, el fulgurante delirio de unos controles que se ponen a funcionar a degüello para significar hasta el color del cordón de los zapatos de la banda de doctores de Ciencias Políticas. Un aparatoso sistema parapolicial que amenaza con colapsar los exhaustos servicios administrativos de la universidad española (de Málaga a la Complutense), sometida al pensamiento Wert, desnucada en financiación, pobre en plantilla, con científicos de bata raída bajo el síndrome del Ramón y Cajal que busca llegar a Europa, con unos MIR (la élite, los mejor formados, los grandes...) que se embarcan en pos de un mejor horizonte laboral... Y frente a ello, la gran convulsión son los ingresos de Monedero por sus trabajos en países latinoamericanos. Ni que decir tiene que mientras se nos vaya la vida en ello, todo irá como la seda,

Bajo el ruido, pues, me he permitido el lujo de leer qué piensa Adela Cortina, también en situación de ser sepultada, derribada o superada por el griterío ambiente: "Lo que ocurre es que hemos llegado a un nivel excesivo de desigualdad que no solo es injusto en sí mismo, sino que pone en peligro la democracia. Cuando Rousseau habla de las bases de la democracia dice que necesita una sociedad medianamente homogénea para que todos quieran empujar en la misma dirección. Las diferencias radicales desaniman. Como dice el Premio Nobel de Economía Amartya Sen, la pobreza es falta de libertad".

En el secano de la reflexión estos discursos no suelen humedecer ni la primera capa de tierra. Más bien pasan de largo, pueden ser útiles para un pequeño paréntesis en la algarabía, para luego seguir con mayor énfasis, si cabe, en el lodazal de no preguntarnos por los males que asfixian a esta joven y autosuficiente democracia, o al menos así lo creen los que la gobiernan.

Compartir el artículo

stats