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31o Festival de Música de Canarias

"¿Es de verdad nuestra Orquesta?"

Se lo preguntaban muchos. La Filarmónica de Gran Canaria desplegó sus poderes estimulada por un grandísimo director. En sus décadas de cultivo de la música renacentista y barroca grabó en oro Trevor Pinnock el difícil binomio de la intensidad y la transparencia. La plantilla sinfónica es en sus manos territorio de fidelidad al texto y rigor de lectura, al tiempo que horizonte de fantasía poética. Resultado: la musicalidad encendida, la elocuencia que despierta el fenómeno de la alta escuela y el gran estilo. Sí, era nuestra orquesta, maravillosamente dirigida en Beethoven, voz de Dios en el mundo; y de Mendelssohn, bienaventurado a la diestra del padre.

¿Y Maria João Pires? Hace más de cuarenta años que empezamos a admirarla en los conciertos de la Sociedad Filarmónica. Su genio pianístico era y es hermano de la más decantada finura espiritual, la iluminada contención de las emociones, el buen gusto irreprochable. Más allá de la perfección asoma siempre su inspiración, el fraseo magistral, el "tocco" de exacto calado, el "doigté" aéreo, el juego dinámico que contiene todos los grados sin desbordar el "forte". Ella construye la forma desde el contenido, modeliza el sonido en su intimidad, El Cuarto de Beethoven, que es la cumbre de la música concertante de todos los tiempos, también renació transfigurado con Pires, artista inmensa que mueve a esperar el milagro hasta que percibimos que el milagro es ella en la magistral madurez de su arte, su articulación, su medida emotividad. Si Dios existe, habló en el Andante, paternalmente severo en los unísonos de la cuerda; tierno, misericordioso, compasivo en el piano. Cuando estalla la ovación, vuelven las toses hasta entonces contenidas. Pero enmudecen de nuevo para escuchar el schumaniano Pájaro profeta, un bis desgranado con emoción sencilla, como si fuese un pensamiento pasajero.

La espléndida arquitectura, las célebres melodías, los ritmos populares, las masas tutti, los solos, la flexibilidad del movimiento y la nobleza del estilo del maestro Pinnock, vertida en una gestualidad clara, directa, escultora en el aire del sonido deseado, hicieron que la Sinfonía escocesa de Mendelssohn sonara como podría sonar en Centroeuropa. Qué bien tocaron, qué exacta comunicación entre el podio y los atriles, qué precisión de ataque, qué calidad unitaria en los arcos (con su líder titular, la concertino Abacioae, como debe de ser), qué redondez en las maderas, majestad en los metales y sutileza en el timbal... Cuánta felicidad nos han dado. Maestro británico y orquesta grancanaria se aplaudían recíprocamente, encantados de este primer encuentro que deberá repetirse cuantas veces sea posible. Por una vez, no hubo nada que envidiar a Berlín o Viena, Amsterdam o Dresde. Fue una noche transfigurada.

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