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El regreso de Aguirre

Reconozco que esta señora me ganó el día en que la vi comparecer ante la prensa después de los atentados de Bombay en 2008 con sandalias y calcetines blancos centrándose en la tragedia e ignorando la imagen tan estrafalaria que transmitía, y que siempre me ha hecho gracia el desparpajo y la retranca que ha mostrado incluso en sus peores momentos, como cuando anunció que dejaba la política temporalmente tras serle detectado un cáncer de pecho. No la conozco pero me recuerda a mi tía Encarnita, que se crecía ante la adversidad y que los tenía mejor puestos que ningún otro miembro de la familia. Quizá por eso he seguido con una cierta curiosidad y morbo los enfrentamientos que ha mantenido con Rajoy, al que periódicamente le lanza un misil de profundidad, como cuando hace siete años le montó una revuelta -con la mano negra de Aznar en la sombra, cuentan- o cuando hace nada sembró dudas sobre la candidatura de su jefe para las próximas elecciones generales. Dispuesta, por lo visto, a volver a las instituciones por la puerta grande, la expresidenta de la Comunidad de Madrid le lanzó un órdago a Rajoy hace un par de semanas ofreciéndose a liderar la candidatura del PP al ayuntamiento de la capital en sustitución de Ana Botella. Rajoy, como es normal en él, no ha dicho ni mu, aunque parece haber acogido la oferta con desapego. En cualquier caso, es de lo más divertido verlos juntos últimamente en imágenes y vídeos, como el sábado pasado cuando en algunas fotos aparecen sentados uno al lado de la otra, él serio y algo encogido como alejándose de semejante valquiria, y ella sonriendo con guasa, como si de un momento a otro le fuera a preguntar: "¿Qué hay de lo mío, chatín?". Dada la popularidad de Aguirre en Madrid, quien parece ser la única que tal vez pueda evitar el descalabro del PP en la capital, Rajoy lo va a tener crudo para rechazar la oferta, máxime después de que los jueces hayan archivado el caso del incidente de tráfico protagonizado el año pasado por Aguirre cuando se enfrentó con varios policías que la intentaron multar. Si con la amenaza de una condena a sus espaldas se ha mostrado últimamente tan pizpireta ante su jefe, habrá que verle la sonrisa cuando se encuentren a partir de ahora. Espero, eso sí, que no se atreva a apretarle los mofletes mientras le pega una regañina por no pronunciarse de una vez. De eso sólo hubiera sido capaz mi tía.

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