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Cada cosa en su sitio

La inundación

Los partidos clásicos esperan que, de aquí a las elecciones de noviembre, baje la ola de Podemos y los augurios sean menos amenazadores. Podría ocurrir, pero los datos actuales describen lo contrario: un proceso de inundación que, a juzgar por los movimientos de masas, aún no ha tocado techo. La reciente manifestación en Madrid no tiene precedentes (religiosos o políticos), sin una abultada factura en logística. La decantación regional de candidaturas para las urnas locales y autonómicas de mayo fomenta concentraciones proporcionalmente análogas. Las denuncias contra Monedero, Errejón o Tania Sánchez se vuelven contra los denunciantes y no hay síntomas de desgaste sino de lo contrario. Los muchos electores que les dan apoyo lo hacen por convicción o los instrumentalizan como fuerza de cambio al margen de las ideologías, pase lo que pase después. El objetivo es el cambio en sí mismo.

Pero el país, saturado de crisis institucionales, socioeconómicas y territoriales, necesita ser gobernable, no un puñado de minorías enfrentadas. Preocupa el hecho de que unos y otros insistan en previsiones excluyentes de cualquier pacto de mayoría. Lo que está a la vista es que, a excepción de la "gran alianza" del centroizquierda y el centroderecha -si es que consiguen sumar mayoría- el camino de la estabilidad pasará por Podemos en combinaciones cuyo control estará más en sus manos que en otras. En campaña electoral todos hablan de ganar sin pactos, pero esto es parte de la retórica clásica. Lo preocupante es observar el paso de los días y los meses sin iniciativas de acercamiento en previsión de lo que, indudablemente, va a suceder. Salvo que sea secreta, esa aproximación daría muestras de buena política en estos tiempos azarosos que, precisamente por serlo, exigen estrategias por la seguridad.

Es muy positivo el acuerdo PP-PSOE frente a cualquier expresión terrorista, solemnizado en la firma del presidente del gobierno y el líder socialista. Pero Syriza gobierna en Grecia y parece estar acertando en la exigencia de renegociar la deuda exclusivamente con el gobierno europeo, sin "hombres de negro" invasores de las soberanías nacionales y tan incompatibles con el espíritu de la Unión como el papel de gendarme autoasumido por Alemania. Si se llega a un buen final, quedará en evidencia que España no renegocia su propia deuda (al contrario, reforma su Constitución para priorizar el pago íntegro) ni pone el veto a los cuervos controladores. El cambio ya se consuma en Grecia y tiene el apoyo de importantes socios comunitarios. Nada habrá más contagioso que su posible éxito, con respaldo español o sin él.

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