Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

La realidad

Syriza se pone al frente

Con el triunfo de Syriza no llega la revolución, sino la mala política. En eso no se aleja mucho del pasado. Grecia resume los errores de la Europa moderna que se ha sostenido demasiado tiempo sobre una ficción autocomplaciente, el diseño apresurado de la moneda común y el olvido de la tensión entre dos culturas tan dispares como la del sur y la del norte. Grecia nos recuerda que la Historia con mayúsculas pasa por las turbulencias del Mare Nostrum, frontera natural del continente. Tres lustros han sido suficientes para poner a prueba la arquitectura institucional y económica de la Unión, mientras se acumulaban los desequilibrios financieros. La prudente Alemania ha tomado el control del centro del campo, no tanto como alumno ejemplar sino como maestro riguroso y exigente. Es curioso que el estallido de las protestas sociales -y entiendo que los crecientes populismos a izquierda y derecha ejemplifican este movimiento- coincida con la disminución de la influencia francesa sobre Berlín y con el relativo desinterés de Londres por lo que sucede en los despachos de Bruselas. La necesidad de equilibrios llega hasta ese punto en una Europa que ha sobrevivido intacta gracias a la actuación decidida de Mario Draghi. Ahora, por supuesto, nos jugamos nuestro lugar en un mundo que se globaliza a velocidad de vértigo y que mira más hacia el Pacífico que hacia las coordenadas atlánticas.

Los mercados palpitan nerviosos con la llegada de la izquierda radical al gobierno de Atenas, aunque existe la convicción de que el realismo constriñe las utopías a los márgenes de lo posible. Sencillamente, la UE no puede permitirse abrir la mano de forma gratuita sin hacer el ridículo ante sí misma y ante sus socios. Y no lo hará. Se han iniciado largas conversaciones y, tal vez, con el tiempo, se proceda a una nueva reestructuración de la deuda -o incluso a una quita-, a cambio de adoptar un exigente paquete de reformas: alivio financiero mientras se impulsan ajustes estructurales. ¿Aceptará el nuevo primer ministro Tsipras este pacto con la realidad? Es probable que sí, porque la alternativa es el corralito y la expulsión de la zona euro. El interrogante que abre el triunfo de Syriza, sin embargo, adelanta el papel del malestar social en la forja de una nueva conciencia política que se siente estafada por las élites transnacionales.

En época de dificultades, las soluciones populistas, con sus rúbricas extravagantes, se imponen como garantes de una prosperidad perdida que hay que recuperar a toda costa. En Grecia la extrema izquierda ha pactado con la extrema derecha sobre la base de una común desconfianza hacia el sistema parlamentario y con el fermento de la mala conciencia alemana ante los errores que pueda haber cometido en la gestión de la crisis. Edenismo e ingenuidad constituyen señales suficientes de la mala política. Responder a ellas exigirá, por parte de la troika, atención, flexibilidad y firmeza. Atención para oír un clamor que es real: el hartazgo con las prácticas corruptas y la urgencia de ofrecer esperanza a toda una generación lastimada, cuya única salida a día de hoy son las cloacas y el trabajo basura. Flexibilidad para articular políticas ponderadas que tengan en cuenta el sufrimiento de la gente, el desempleo masivo y la pérdida de bienestar. Y firmeza para no renunciar a las virtudes liberales de la democracia parlamentaria frente a la tentación banal del sufragio plebiscitario, para no ceder a la falsa seguridad del aislamiento en un contexto internacional que ya no lo admite y, en fin, para evitar el peligro de la renacionalización de las políticas, lo que rompería con el proyecto comunitario. La lección de Syriza se lee a golpe de titular: hay que reaccionar porque necesitamos una Europa mejor que sea, a su vez, más Europa; fiel a sus raíces, a su cultura democrática de libertad; consciente de la responsabilidad compartida; sin miedo a encarar los actuales desafíos.

Compartir el artículo

stats