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Aprendiendo de nuestros errores

Ahora qué

El domingo 25 de enero se confirmaron los pronósticos y los griegos optaron por Syriza. El resultado de las elecciones supone un mensaje muy evidente para las instituciones de la UEM: ya no podemos soportar más el sufrimiento derivado de las políticas de austeridad que ustedes nos han impuesto. Estamos en una situación muy complicada, que no debiera serlo tanto, dada la magnitud relativa del problema; pero lo estamos y me temo que la solución no va a ser fácil.

La dificultad más grande a la que se enfrenta Grecia es su nivel de deuda, pública y privada. Por supuesto que, en genérico, los deudores tienen la responsabilidad de haberse endeudado y tienen que atender las obligaciones que han adquirido. Pero no conviene olvidar que los acreedores también tienen una responsabilidad: la de haberles concedido esos préstamos. Un prestamista tiene el deber de evaluar adecuadamente la capacidad del prestatario para hacer frente al servicio de la deuda. En 2009 descubrimos que Grecia tenía mucho más endeudamiento del que había reconocido, precisamente porque iba a ser incapaz de atender los pagos. Conocemos la historia que sigue: ante la incapacidad de las instituciones de la UEM de resolver el problema, se generaliza la desconfianza en el euro, particularmente en los países que habían visto crecer su déficit y su endeudamiento como consecuencia de la crisis económica, de forma que un pequeño país termina por transmitir sus dolencias a otros periféricos, poniendo en jaque la supervivencia de la moneda única e incluso la estabilidad financiera internacional. Entonces terminamos, tarde y mal, por improvisar parches. Se ayudó a Grecia, reestructurando parcialmente su deuda, a cambio de un conjunto de condiciones por parte de la troika (BCE, FMI y Comisión Europea), que supusieron la imposición de una política de máxima austeridad y de reformas, cuya finalidad última era reducir el endeudamiento público de la República Griega.

¿Saben cuál ha sido el resultado de tal política? Seis años después, Grecia ha perdido el 25 por ciento de su PIB -lo que es más que lo que perdió EE UU durante la Gran Depresión-, ha forzado a emigrar masivamente a sus jóvenes y dejando a los que han permanecido a sufrir una tasa de desempleo del 50%, ha recortado las pensiones de sus jubilados en un 40%, la mayor parte de la población griega ha perdido el derecho a la asistencia sanitaria gratuita, etc. Además, la deuda pública griega ha continuado aumentando, y ahora ya alcanza el 175% de su PIB. Ante la incapacidad colectiva europea en encontrar una solución, Grecia puede volver a convertirse en un problema -objetivamente irreal- para la estabilidad financiera de los países del área euro. Tenemos la obligación de resolver esta cuestión y, como decía, no parece que vaya a ser fácil. Es imprescindible negociar y ninguna de las dos partes lo pone sencillo.

Antes de las elecciones, los ministros de finanzas del Eurogrupo ya advirtieron que se descartaba condonar parte de la deuda griega y que el nuevo gobierno estaba obligado a respetar y cumplir todos los acuerdos anteriores. Incluso ya en diciembre, el ministro de finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, señaló que "las elecciones no cambiarán nada, los acuerdos alcanzados con Grecia siguen siendo válidos". Y, en la misma línea, el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, se ha apresurado a señalar: "Espero que el nuevo gobierno no ponga en cuestión lo que de él se espera y lo que ya se ha logrado". Mal empieza una de las partes. Si las elecciones no pueden servir para cambiar las cosas, ¿para qué vamos a celebrar elecciones? Negar la realidad de que a Grecia le resulta imposible atender sus obligaciones, tal y como actualmente están planteadas, significa condenar a Grecia a muchos más años de miseria, sumiéndola en la depresión, y, además, promoverá todavía más los movimientos extremistas, no sólo en Grecia, sino en el resto de Europa. Es necesario mitigar la carga de la deuda griega, y no exclusivamente a través de una reestructuración de la misma que, seguro, se producirá, sino mediante la adopción de otras medidas que estimulen el crecimiento y sean capaces de generar puestos de trabajo, creando así bases imponibles con las que incrementar la recaudación fiscal. Pero las negociaciones son cosa de dos. Y tampoco parece que Syriza esté por la labor de empezar mucho mejor. Es verdad que ha obtenido un excelente resultado electoral, pero intentar traducirlo, como intuyo -quizá equivocadamente- en un reforzamiento de la "soberanía nacional", sería un error. No sé si la ciudadanía de los países del área euro es suficientemente consciente de ello, pero nuestra pertenencia al "club de la moneda única" nos resta soberanía, y no poca. Si Alexis Tsipras quiere ejercer en plenitud su soberanía nacional, lo primero que tendría que hacer es salirse del euro. Y eso sabe que no puede hacerlo porque sería el peor de todos los desastres posibles para los griegos. Por tanto, no está en condiciones de echar órdagos.

Grecia tiene deudas que vencen este mismo año, que no podrá pagar. Los bancos griegos sobreviven gracias a la respiración asistida que les facilita el BCE y que puede retirarles en cualquier momento.

Por tanto, no hay más solución que ayudar a Grecia, y Grecia no tiene más solución que aceptar las condiciones que se deriven de esa ayuda. Otra cuestión es cuáles son las condiciones. El aceite de ricino que, como medicina, se le ha suministrado en los últimos años ya está más que probado y los resultados son pésimos. No podemos darle doble ración. Por tanto, hay que acabar con las políticas de austeridad que han fracasado rotundamente; en otros términos: el currículo que puede presentar una Grecia soberana no es muy brillante, pero el resultado del "dictado de la mano dura germana" ha resultado ser un desastre. Con una moneda única no hay más solución racional que un presupuesto fiscal común suficientemente significativo en términos de PIB. Pero esto ni está ni se le espera. Mientras tanto, sería razonable que las dos partes negociaran sin miedo a reconocer errores pasados.

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