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Javier Durán

Desviaciones

Javier Durán

Periodista

No todos son 'chupópteros'

El final del discurso de Antonio Banderas anunciando la llegada del segundo tiempo de su vida, la próxima etapa, el corte perfecto del meridiano, habla por sí solo de una Gala de los Goya 2015 marcada por la caída de los pétalos de la hermosa juventud. Ni Penélope es ya la joven que gritaba "¡Peeeeedro!" en Hollywood ni el director manchego es el mascarón de proa de la provocación. Quizás décadas y décadas después practiquen sobre su obra una cirugía similar a la que arrastra Buñuel, pero por ahora está aún en la pugna de llegar a ser mito. Pese a ello, tuvo una alusión para este pandemónium que es Wert, el de todo los guisos: el hacedor de la inolvidable ducha de Carmen Maura bajo la manguera del servicio de limpieza lo separó como hierba mala del festín amical. Ni de coña.

La naftalina es difícil de borrar, y uno, claro, se preguntó por Ana Belén y Lolita en el escenario. Estoy de acuerdo con que aquí, y más con la gente de la creatividad, se está en las trincheras y con el "¡¡¡ resistiré !!!" hasta en la ropa interior. Aunque también es verdad que uno más que otros: ahí está Alberto Rodríguez, el triunfador, que ha tardado en coger el tren, o el mismo Banderas, que se montó en el vagón del Costa del Sol para buscarse la vida. Me ha gustado que el día antes aclarase una cuestión, sobre todo en esta atmósfera de másteres bien pagados que dan cobertura para un empleo digno, es decir, la pijolandia que cocinan el PP y su ministro de Educación. "Yo no pillé dinero y me fui a jugar al golf... Lo invertí en cine", subrayó el malagueño.

Así y todo, dado el éxito de taquilla del cine español, Montoro le da leña al mono con el IVA, y si le chamuscan mucho la merienda va y manda un inspector, que para crear riqueza ya están las aves rapaces que preparan el pelotazo 2016. Esta gala de los Goya tuvo mucho, bastante, de mostrarle a la efigie de La Moncloa que existe vida económica más allá del Ibex 35, que hay individuos que se dedican a crear y que sus obras producen empleo, dinero, contratos, fama y reconocimiento internacional. Este año, con los fogonazos de Ocho apellidos vascos, El niño, Torrente 5... la recaudación se ha desbordado y sobra, sin más, subrayar con tono palaciego que en España se hace un cine que no tiene en cuenta al espectador. Pues no, era de otra manera.

Resuelto un debate tan enquistado, tratado el ministro del ramo con consideraciones, sin planfletos ni sátiras, corresponde a los siempre agraviados por el mundo de la cultura soltar el anzuelo o de la roca y observar con respeto a gente como Banderas, que, pese a estar en la meca, no podía dejar de pensar en clave de inversor en su barrio o en su Málaga natal a la hora de un nuevo rodaje. En su discurso citó a Valle Inclán, a Picasso, a Buñuel, a Goya... Los mencionó para subrayar la potencialidad española, la capacidad de sus creadores para impactar al mundo, para marcar la ruta de movimientos culturales en Europa y en América. Unas palabras, en definitiva, que deben servir para que el poder político tenga en cuenta hasta dónde pueden llegar el empeño, la línea trazada, el sacrificio monumental, la renuncia, la apuesta... Todo ello está en la cesta de unos valores que no tienen nada que ver con los que tan en boga han estado, y que han sido promovidos al amparo del erario público. La llamada del actor malagueño a un segundo tiempo, a una segunda parte, debe ser asimilada por todos.

A Almodóvar se le ha puesto el pelo blanco, el joven de La ley del deseo ya tiene arrugas, el rostro de Penélope Cruz ya no es tan fresco como en la noche de 1999 (en la legendaria entrega del Óscar por Todo sobre mi madre), pero estamos ante el signo de la madurez, ante el resultado de un fenómeno cultural de los años ochenta que ahora recoge lo sembrado pese a los sabuesos del tinglado político (de antes y de después). En un país donde los zapatos se compran para aplastar la cabeza del que está al lado, alguien debe salir y esgrimir (hacer autocrítica) que no todos son unos chupópteros de subvenciones públicas y que algunos utilizan las ayudas para hacer lo que les fue encomendado. Banderas tiroteó el argumento de la crisis: los artistas siempre lo han estado, siempre han vivido entre la fuerza de sus olas; es más, sin ella no podrían crear, perderían la tensión para seguir adelante. Nada de lloriqueo.

Otra cosa es el éxito. La llamada a la rentabilidad inmediata, efectista, no debe afectar a la calidad del cine español. La taquilla, la eterna taquilla, estaría de más si se convirtiese en una obsesión, en la ruta a seguir para tener contentos a los mandarines. El riesgo está en atender todos los frentes, a veces con el agrado del espectador y otras con su rechazo y el de la crítica. Por cierto, se preguntarán: ¿y este tipo no dice nada de las películas ganadoras? No he visto La isla mínima, pero sí una deliciosa cinta polaca, en las antípodas de la acción triunfante, que responde al nombre de Ida, del director Pawlikoski, ganadora del Goya a la mejor película europea. Un lenguaje personal, en un gris perturbador. Una dura ambientación de la sociedad civil en el Telón de Acero.

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