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Las siete esquinas

Sala del despertar

La política lo invade todo en este país nuestro. El otro día, tras haberme sometido a una pequeña operación de garganta en un hospital público -excelente, dicho sea de paso-, me desperté en la sala del posoperatorio que también se suele llamar la sala del despertar. Sin saber muy bien dónde estaba, y todavía envuelto en la bruma mental de la anestesia, me llegaron unas frases confusas que no podía entender bien.

Poco a poco pude distinguir unas pocas palabras: "No lo ha pagado todo a Hacienda", "la casta", "Monedero", "Podemos". Cuando recuperé por completo la conciencia, me di cuenta de que los ATS y los anestesistas del quirófano estaban conversando sobre el embrollo fiscal de Juan Carlos Monedero, uno de los fundadores de Podemos.

Como no tenía otra cosa que hacer, me puse a escuchar lo que decían. Aquellos médicos y sanitarios hablaban con mucha pasión, comentando los intríngulis legales del caso con información de primera mano. Hace diez o quince años, nadie habría perdido su tiempo hablando de un oscuro asunto fiscal en una sala del despertar, pero los tiempos han cambiado mucho. Ahora todos nos hemos convertido en una extraña criatura, mezcla de candidato a presidir el gobierno y de experto tertuliano que analiza signos cabalísticos en una pizarra. Y eso mismo ocurría con los médicos y los sanitarios, que se sabían el caso con pelos y señales. Mientras escuchaban un CD de Extremoduro -que desde luego no es la clase de música que uno desearía encontrarse en una sala del despertar-, todos comentaban el caso y daban su versión. Hablaron de los 420.000 euros que Monedero había cobrado y de la sociedad unipersonal que había utilizado para tributar mucho menos a Hacienda. De fondo sonaba la voz ronca del cantante de Extremoduro ("Como un extraterrestre se posa en el suelo / y me ofrece regalos que trae de otros cielos"), y mientras tanto una médico hablaba de las distintas cantidades que uno paga si lo hace como persona física o a través de una sociedad unipersonal, y un enfermero comentaba lo que Monedero se había ahorrado, y otro se preguntaba si aquello era delito o no. Y entretanto, a mi lado, en otra camilla, una señora a la que le acababan de hacer una histerectomía lanzaba ruidosos quejidos a causa del dolor, a la espera de que le pusieran anestesia epidural, y yo escuchaba y escuchaba, maravillado, atontado, perplejo.

De todos modos fue una experiencia muy valiosa. Me dio la impresión de que aquellos médicos y sanitarios eran simpatizantes de Podemos, o al menos lo habían sido, porque aquel día no tenían las cosas tan claras. Uno de ellos se preguntaba cómo pensaban combatir los de Podemos el fraude fiscal, si entre ellos mismos demostraban tan poca predisposición a hacerlo. Una ATS adujo que no había nada ilegal en lo que había hecho Monedero, y que además eso era lo que hacía todo el mundo, empezando por los futbolistas que ganaban cien veces más, pero otro le contestó que todo el programa de Podemos se basaba en perseguir el fraude fiscal, y que si uno de sus dirigentes se comportaba de aquella manera, ¿qué iban a hacer los que sólo pensaban en salvar su dinero como fuese? Y otra chica, no sé si médico o ATS, preguntó si era lógico que alguien tuviera que pagar más del 50% de lo que ganaba.

No supe cómo terminó la discusión porque enseguida llegó un celador que empezó a prepararme para llevarme a planta. En el equipo de música seguía sonando Extremoduro ("Le regalo una piedra/ recuerdo de la Tierra"), y la mujer de la histerectomía, en la camilla de al lado, seguía quejándose con lamentos cada vez más quejumbrosos. Me hubiera gustado decirle al celador que aquella mujer necesitaba con urgencia que le pusieron la epidural, pero yo tenía prohibido hablar y no tenía ni idea de cómo se podía decir aquello a base de signos. Además, ¿quién iba a hacerme caso? Tras el mostrador, los sanitarios seguían discutiendo con pasión. Una ATS me despidió haciendo un gesto con la mano, y correspondí, y luego me internaron por un largo pasillo. Mientras avanzábamos entre enfermos y familiares y personal médico, fui pensando en todo lo que se había dicho allá dentro, sin dejar de recordar a la mujer que gemía a mi lado. Todo el mundo hablaba de Venezuela y de recortes, de impuestos y de sociedades unipersonales, de ética y de legalidad, pero allí estaba la mujer, en su camilla, retorciéndose de dolor, esperando, esperando.

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