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Perspectiva

Los chiripitifláuticos

Hay una murga que jamás se ha presentado a concurso alguno aun siendo la más divertida y alocada de cuantas existen. Sus letras no dejan de provocar estallidos de carcajadas allí donde van y los estribillos de las canciones que regalan se vienen repitiendo, incesantemente, en los últimos veinte años, o quizás más. En su mayor parte, los componentes no se reconocen como miembros de la misma, algo tan curioso como el disfraz que visten. Suelen presentarse deslomados por gruesos maletines, conteniendo un variado repertorio de dispositivos electrónicos, en el que el proyector de imágenes digitales resulta inevitable. A todo ello, acompaña un generoso muestrario de papelería y material fungible, que hace pensar en un exigente trabajo de elección por parte de cada murguero, ya que, al parecer, rivalizan entre sí por ver quién es el que más cosas es capaz de llevar encima, aunque sean todas ellas inútiles. Lo distintivo, impepinable sería mejor, es que, como en sus famosas letrillas, en sus cabezas no haya otra cosa que un enorme hueco vacío. Como condición para entrar en la formación, según se ha demostrado, es imprescindible pasar una dura prueba, en la que se deben acreditar unos méritos bastante peculiares. El primero, santo y seña de la banda, es sentirse único en poder intelectual y, cómo no, bendecido por la verdad revelada en las competencias básicas; el segundo, y no iba a faltar, es honrar la fiesta de la comprensividad y, el tercero, que resume los dos anteriores, es adorar la ignorancia y nombrar en vano la educación.

Ya digo: es una murga la mar de simpática y dicharachera, que podría disputar los puestos de honor a las más veteranas. Raro es que todavía, y a estas alturas, no haya alcanzado el parnaso carnavalero y se cuente entre las afilarmónicas que tanto nos agrada escuchar en estas fechas. Aparte de no presentarse a los concursos oficiales, existe un problema adicional, una cosa sin importancia. Y es que esta murga no hace reír al público, sino se ríe de él, llegando a insultar a la propia inteligencia. Una de sus miembras, y no es un error tipográfico, decía que lo mejor para llegar a los espectadores era el uso continuado de palabros y expresiones groseras. Sin embargo, el destinatario de tal mensaje no era el público arrellanado en un escenario, como los que ahora se ultiman, sino el alumnado de un centro educativo, que más bien deseaba otro lenguaje en un profesional de la enseñanza. En fin, la murga de los pedagogos necesita que se la aclame como la formación que es. Y la sociedad, por su parte, espera ansiosa a que Los Chiripitifláuticos, un nombre que les viene al pelo, demuestren su talento para el disparate y la burla del sentido común. Confieso que, entre sueño y sueño, veo desfilar exultante en la tarima del parque de Santa Catalina a la agrupación al ritmo del "producto pedagógico" y bajo la dirección del flaco Marchesi. Qué maravillosa estampa.

¡Viva el carnaval!

(*) Doctor en Historia y Profesor de Filosofía

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