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Papel vegetal

Industria farmacéutica: un escandaloso afán de lucro

No crean ustedes a la todopoderosa industria farmacéutica cuando sus portavoces traten de convencerles de que sus enormes beneficios son sólo por el bien de todos: los laboratorios tienen que ganar porque la investigación es muy costosa y han de seguir desarrollando nuevos fármacos.

No lo crean porque tratar de convencernos de su altruismo forma parte de una estrategia cuidadosamente calculada para seguir generando miles de millones que irán directamente al bolsillo de los accionistas, entre ellos importantes fondos de inversión de todo el mundo.

En un ataque de sinceridad, la propia industria ha llegado a admitir en algún momento que sólo en torno a un 15 por ciento aproximadamente de sus inversiones las dedica a investigación frente a un 50 por ciento que se dirige a actividades de marketing.

En el país capitalista por excelencia, Estados Unidos, hacia cuyo modelo social y económico pretenden también llevarnos a los europeos, se elevan cada vez más voces de protesta contra los abusos de la industria farmacéutica en materia de precios.

Se quejan organizaciones como Health Care for Americans Now (HCAM) de que allí muchos fármacos valen un 40 por ciento más que en Canadá y tres veces el precio que pagan, por ejemplo, algunos europeos como los daneses.

Además esa ONG ha calculado que entre 1998 y 2007, más de la mitad de los fármacos realmente innovadores aprobados fueron resultado de investigaciones llevadas a cabo en las universidades o en modestos laboratorios, y las grandes compañías se limitaron en algunos casos a comprar a las pequeñas empresas biotecnológicas. Es el caso habitual de "pez grande se come al chico".

En muchos casos, la industria farmacéutica se ha dedicado además a reciclar viejos fármacos, inventándose nuevas aplicaciones de la misma forma que se inventa continuamente también nuevas enfermedades, generando artificialmente angustia, insatisfacción o depresiones en personas que antes se consideraban normales.

Como se habrán dado cuenta ustedes mismos, de un tiempo a esta parte la publicidad de fármacos invade los espacios publicitarios lo mismo en la radio o la televisión que en los demás medios. Y los blancos de la industria farmacéutica van desde los más jóvenes hasta las personas de mayor edad y más proclive por tanto a los achaques.

Un periodista alemán llamado Hans Weiss ha denunciado en dos libros, superventas en aquel país -Bittere Pillen (Píldoras amargas) y Korrupte Medizin (Medicina corrupta)- las estratagemas de una industria cuyas ganancias superan todo lo tolerable.

Así, de acuerdo con Oxfam Intermon, el número de milmillonarios vinculados con la industria farmacéutica ha pasado en un solo año de 66 a 90, con un crecimiento total de sus fortunas de 170.000 millones a 250.000 millones de dólares: un 47 por ciento, ¿quién supera eso?

Son los gobiernos de todo el mundo los únicos que pueden poner coto a semejante escándalo aunque la existencia de puertas giratorias entre la política y la industria dificulta ciertamente la tarea.

En los mismos Estados Unidos, donde se sabe que la gran industria engrasa las campañas electorales de los políticos, algunos de los mayores laboratorios del mundo han tenido que pagar multas de miles de millones por métodos de marketing ilegales.

Ya es hora de que también aquí se tomen medidas.

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