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Pesos y medidas de la conciencia europea

Un buen amigo alemán, nacido en 1936, me comentaba recientemente su pesadumbre insuperable por lo que fue el III Reich. Le dije no entender esa conciencia de culpa en quienes eran niños durante la segunda guerra y se extendió en razonamientos sobre una responsabilidad colectiva en cuanto pueblo y nación. "No fue una guerra civil, como la española, sino un error participado por la inmensa mayoría de los alemanes, entre ellos nuestros padres y abuelos". Respondí que incluso esa clase de errores masivos, casi genéricos, es una suma de errores individuales: "Me siento concernido por la plena restitución moral y material de los estragos de la guerra española, pero en modo alguno responsable de ella. Ni siquiera había nacido. Heredar la culpa es como una condena bíblica que nadifica el impulso regenerador del alma y de la conciencia".

No le convencí, ni lo pretendía. Su sinceridad describe un problema sin salidas, contradictorio con el hecho de que toda Europa renunció en gran parte al resarcimiento del daño causado por el Reich para apoyar no solo la recuperación sino la regeneración de Alemania como democracia avanzada en la defensa de los valores de la libertad y los derechos humanos. Aunque no sean en absoluto comparables, quise entender por qué la mayoría de los alemanes de hoy postula la expulsión de Grecia de la Unión Europea y de la moneda común si no devuelve todo lo que debe. ¿No genera esa hipótesis unas premonición culpable en los ciudadanos con sentido de la historia, no solo celadores del bienestar presente? El pueblo griego se cuenta entre los que perdonaron el resarcimiento y aportaron recursos a la reconstrucción de Alemania. ¿Es justo olvidar esta otra clase de deuda?

Es ese pueblo el que reinvidica condiciones y plazos para romper la sucesión hereditaria de los errores, corrupciones y mentiras de sus gobiernos precedentes. "Nada tiene que ver, es una comparación absurda", refuta mi amigo renano. Nadie lo compara, pero calificar de irresponsable al gobierno que intenta aliviar las consecuencias de una política larga y profundamente expoliadora, inviable y laxa -no por deformidad colectiva sino por intereses electoralistas y de rapiña- tan solo despierta desánimo y escepticismo en los valores de la UE. España tardará lustros en compensar el estrago social de la austeridad. Tal vez lo hecho no tenga vuelta atrás, pero los pesos y medidas de la conciencia europea no deberían limitarse al burdo "si quieres ayuda, págame antes". Los causantes de las cuentas falseadas y del incumplimiento ya están fuera de juego, y la población no merece la herencia indefinida de las culpas de aquellos.

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