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La mirada

Reivindicar el audiovisual de calidad para la igualdad de género

El audiovisual es vehículo de transmisión de ideas, conocimiento, cultura, avances sociales y también denuncia de exclusión y marginación. Muestra lugares, gentes, sensibilidades, fortalece identidades, articula y cohesiona países y comunidades. Nos permite conocer al otro, ver su paisaje, acercarnos a su cultura, oír su música y su acento.

El cine, la TV, la radio, son la principal fuente de información, formación y entretenimiento para una mayoría de la población, aquélla con menos recursos económicos, menos educación, peor salud, mayor edad, aislados y en lugares remotos

Muchas mujeres africanas, latinoamericanas, asiáticas, españolas, dispersas por enormes territorios, pueden estudiar y aprender con la tele y la radio, el cine, Internet, que no requieren grandes saberes ni infraestructuras para recibir información, conocimiento, cultura. A través de estos medios las mujeres de Afganistán, Irán, u otros países que por razones "culturales" o "religiosas", les niegan sus libertades y derechos individuales, pueden ver y oír a otras mujeres que viven mejor, y pueden así imaginar y desear vivir también mejor.

Una imagen vale más que mil palabras. Se pueden explicar las diferencias de riqueza con datos de la renta per cápita, pero las estadísticas empiezan a tener sentido cuando vemos imágenes de niñas descalzas en pleno invierno, con vestidos rotos y sucios. La tele en blanco y negro permitió que muchos españoles, por primera vez, vieran cine, teatro, viajes, escucharan conciertos, y era tema de conversación al día siguiente. A las mujeres les gustaba Estudio 1 y a los hombres el fútbol. Y los debates de La Clave, pausados y riguroso, eran un tesoro.

En un mundo tan invadido de imágenes es importante "cuidar la mirada". Lo audiovisual es parte de la experiencia personal y ello hace necesaria una oferta abundante de imágenes y tramas de calidad, que no solo se guíen por los criterios del mercado -beneficio- sino que transmitan ética y valores humanistas. Si en el mercado no hay competencia de calidad, se tenderá a ofrecer solamente lo más barato -sexo y violencia; fantasías y entretenimiento engañosos- productos con valores éticos y educativos con frecuencia deleznables, pero de gran impacto emocional que no requieren esfuerzo y es más fácil que enganchen a la audiencia.

Nos extrañamos de la persistencia de la violencia de género, del tráfico de mujeres para prostituirlas, de los abusos sexuales a menores. Pero muchos contenidos de las series de televisión propician que consideremos normales estos problemas. El problema no es solo la violencia y el abuso sexual explícitos, sino representar a las mujeres en papeles sociales subordinados y dependientes. Se difunde la idea de que la mujer tiene que ser sobre todo guapa, mientras que el hombre ha de ser fuerte y seguro. Los espectadores reciben el mensaje de que los hombres son superiores y las mujeres inferiores. Después, cuando en la vida real se dan cuenta de que no es así, se produce una frustración enorme.

No podemos prohibir estos nefastos productos audiovisuales, porque iría contra la libertad de expresión, pero es necesario que los poderes públicos favorezcan una oferta alternativa de cine, tele, radio, de calidad, que ayude a contrarrestar el enorme peso de los productos comerciales con visiones estereotipadas y perjudiciales para las mujeres.

Hay acuerdo en que lo fundamental para combatir la violencia de género es la educación, pero necesitamos imágenes y tramas alternativas, que muestren que la violencia de género no es un problema de locura, ni de alcohol y tampoco de que "las mujeres no se imponen y dejan que las dominen porque están enamoradas", sino un problema enraizado en la sociedad, pero que nos cuesta aceptar como propio. Transmitir que es posible la igualdad y es inaceptable que se imponga la ley del más fuerte. Películas como Solas o Te doy mis ojos han sido fundamentales para que la sociedad española entendiera el problema y contribuyeron a crear la base social de apoyo a la ley contra la violencia de género de 2004.

Y por ello, tampoco tiene sentido que el criterio para subvencionar películas o programas con fondos públicos sea estrictamente comercial, entendido como éxito de audiencia a corto plazo, identificando de manera equivocada audiencia con calidad y beneficio con excelencia.

El espacio de las ondas es un espacio de todos y corresponde a los poderes públicos administrarlo con criterios de interés general. En primer lugar, aumentar la oferta cultural, para que haya pluralidad de opciones y visiones. Esto no quiere decir que el sector privado no genere productos de calidad y excelencia, pero no es lo más frecuente. Se tiende a reproducir aquello que "funciona" -es decir, pocos costes y muchos beneficios- y solo los grandes creadores se arriesgan a ir más allá. Por ello, en el caso de los recursos públicos, hay que hacer como en la investigación científica, ir más allá de las fronteras de lo existente, de lo ya trillado y comercial, para descubrir nuevos territorios y nuevas fronteras. Es la única manera de avanzar.

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