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Reflexión

8 de marzo de 2015

Ciento cuatro años han pasado desde que un grupo de mujeres, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza se atrevieran a reivindicar el protagonismo social, así como el derecho al voto, a ocupar cargos públicos, al trabajo, a la formación profesional y a la no discriminación. Aquel 19 de marzo de 1911, con protagonistas como Clara Zetkin al frente, supuso el punto de partida de lo que, en 1977, la Asamblea General de Naciones Unidas sancionaría como el Día Internacional de los derechos de la Mujer y la Paz Internacional, a celebrar el 8 de marzo.

El 8 de marzo, por tanto, simboliza el reconocimiento de la lucha por la participación de las mujeres, en pie de igualdad con los hombres, en la sociedad y en su desarrollo integral como personas.

Este año, además, se cumplen dos décadas de la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing: 20 años de logros y brechas. Una hoja de ruta firmada por 189 gobiernos que estableció la agenda para la materialización de los derechos de las mujeres. Beijing+20. Empoderando a las mujeres, Empoderando a la Humanidad: ¡imagínalo!

Y es que, ciertamente, después de más de cien años de lucha efectiva para conseguir hacer valer los derechos de las mujeres, se han obtenido avances -sobre todo bajo regímenes políticos democráticos con economías activas-, pero aún queda mucho por reivindicar, por pelear y por alcanzar. Los efectos, negativos y perversos, de las relaciones asimétricas de poder siguen hoy cercenando el derecho al protagonismo social de millones de mujeres. Aun allí donde los sistemas jurídicos preservan los derechos de las mujeres, el efecto determinante del techo de cristal -esas barreras invisibles- impide que alcancen el mismo grado de desarrollo personal o profesional; incluso donde los sistemas democráticos garantizan el ejercicio de los derechos individuales, la estructura cultural heredada y el constructo social lastran el aprovechamiento colectivo de la inteligencia y la diversidad que las mujeres aportan.

Oía recientemente a Elsa González Díaz de Ponga, Presidenta de la FAPE, exponer unos datos escandalosamente rotundos. La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) está compuesta por aproximadamente 21.000 personas, de las que el 45% son mujeres y el 55% son hombres, sin bien en la franja inferior a 40 años el predominio es de mujeres. Sin embargo, sólo el 9% de personas consultadas por los medios de comunicación son mujeres. El tiempo de posesión de la palabra por los hombres en la televisión triplica al de las mujeres.

Es cierto que en las redacciones actualmente más del 60% son mujeres. No obstante, la presencia disminuye según ascendemos en la pirámide de mando. Entre los veinte medios escritos de mayor tirada en España (incluyendo los deportivos), la primera directora la encontramos en el puesto 9, y la siguiente en el 20. Pero es que, y resulta aún más contradictorio, tampoco encontramos directoras en los emergentes medios digitales, salvo el Huffington Post.

Si observamos los consejos de administración de las empresas de comunicación el panorama no mejora. En el Consejo de Prisa de 17, dos son mujeres; en Vocento, de 14, una; y en Mediaset, de 13, una. Es más: ningún think tank está dirigido por mujeres en España. Es decir, las mujeres trabajan en la base de la comunicación, pero no son creadoras de opinión en los medios, porque no controlan los canales de creación de la opinión.

Pero, ¿qué es lo que impide que las mujeres sean creadoras de opinión en los medios?

Para Elsa González, presidenta de la FAPE, "hay una distorsión en los medios de comunicación producida por la escasa visión femenina. Vemos el mundo, fundamentalmente, tal y como los varones lo dibujan, sin la valoración e influencia de la otra mitad de la sociedad".

¿Y cómo se corrige? Según Marta Ortiz, presidenta de la Asociación Española de Mujeres Profesionales de los Medios de Comunicación (Ameco), "sería a través de la implantación obligatoria de las cuotas, ante la escasa presencia de las mujeres en los puestos de decisión de los medios de comunicación".

Y yo, desconocedora absoluta de la dinámica interna de los medios, sospecho que, además, sería necesaria una modificación profunda de los horarios laborales y sociales.

Alguien me decía días atrás que había que dormir menos y soñar más... Yo sueño en violeta.

(*) Vicepresidenta de la Zona Especial Canaria (ZEC)

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