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Gerardo Pérez Sánchez

Primera plana

Gerardo Pérez Sánchez

Sobre las buenas intenciones en el Día Internacional de la Mujer

El Día Internacional de la Mujer Trabajadora, también denominado en algunos países como Día Internacional de la Mujer -a secas-, conmemora la lucha por erradicar las desigualdades discriminatorias entre sexos y conseguir la plenitud de derechos de hombres y mujeres. La primera celebración de esta jornada reivindicatoria tuvo lugar el 19 de marzo de 1911 en unos pocos países (Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza). Sin embargo, en 1975 la ONU comenzó a celebrar esta jornada el 8 de marzo y en diciembre de 1977 su Asamblea General la proclamó Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional, lo que derivó en que muchos países oficializaran dicha fecha en el calendario.

El lema de este año lleva el pintoresco título de Empoderando a las mujeres, empoderando a la Humanidad: ¡Imagínalo! y desde la Organización de las Naciones Unidas se ha querido celebrar especialmente el vigésimo aniversario de la denominada Declaración de Pekín de 1995, firmada en la ciudad china por 189 gobiernos con el fin de materializar y hacer efectivos los derechos de las mujeres. Si bien se han producido logros a lo largo de estas dos décadas, las diferencias que persisten siguen siendo muchas y profundas.

Leyendo la citada Declaración de Pekín se puede comprobar que la casi totalidad de Estados se mostraron muy decididos a promover los objetivos de igualdad, desarrollo y paz para todas las mujeres del mundo, en interés de toda la Humanidad. Se comprometieron sin reservas a combatir las limitaciones y obstáculos y a promover así el adelanto y la potenciación del papel de la mujer en todo el planeta. Asimismo, se reafirmaron en la idea que esa tarea exigía una acción urgente para, en lo que por aquel entonces eran los albores del nuevo siglo, garantizar a todas las féminas los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales en su totalidad.

Mi impresión personal es que estas jornadas están plagadas de actos protocolarios, declaraciones rimbombantes y ceremonias de celebración pero con escasa voluntad verdadera de cambiar las cosas. Porque este problema, como tantos otros, se solucionaría adoptando medidas concretas. Sin embargo, a cuarenta años vista del primer impulso y a veinte del documento firmado con contundencia en la capital pekinesa, la discriminación continúa siendo palpable y cotidiana, suponiendo una imposición legal en demasiadas naciones bien entrado el siglo XXI, incluso en algunas en las que sus constituciones y ordenamientos jurídicos prohíben dicha lacra.

La Unión Europea aprobó hace pocos meses un informe sobre la diferencia salarial entre hombres y mujeres del Viejo Continente. Según ese estudio oficial, las mujeres de la UE ganan como término medio alrededor de un 16% menos por hora que los hombres. Estas diferencias no son idénticas en todos los países. En Eslovenia, Malta, Polonia, Italia, Luxemburgo y Rumanía es inferior al 10%, mientras que en Hungría, Eslovaquia, la República Checa, Alemania, Austria y Estonia es superior al 20%. Es más, aunque la brecha se ha reducido ligeramente en la última década, en territorios como Hungría y Portugal se ha incrementado. De hecho, en las conclusiones se indicaba que las diferencias salariales se mantenían aunque, porcentualmente, ellas obtienen mejores resultados académicos escolares y universitarios que ellos. En España la situación es aún peor, si cabe. Según los datos de la Agencia Europea de Estadística, entre 2008 y 2013 la brecha salarial entre ambos sexos pasó del 16,1% al 19,3%, pese a que en la UE se redujo en un punto porcentual.

Ya es hora de que los resultados prácticos primen sobre las conmemoraciones, las fiestas, las declaraciones y las firmas de documentos convertidos en papel mojado. Parafraseando al cineasta Woody Allen, "las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas".

(*) Doctor en Derecho. Profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de La Laguna

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