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Dos veces breve

El punto débil del fuerte

En pocas profesiones es tan necesaria la humildad como en la política, porque en pocas hay tanta tentación de caer en la soberbia. Sin entrar en su ideario político, es obvio que Rajoy tiene dotes enormes de gobernante: es correoso, frío, paciente, determinado al llegar el momento, inteligente, nada pusilánime y buen orador. Sin embargo llegado a un punto le pierde la soberbia, que resulta especialmente odiosa cuando se ceba en el más débil, o, como es el caso de Sánchez, en el que aún está empezando en su oficio. Cuando uno está arriba tiene que aceptar que es un pim, pam, pum, pues el poder siempre tiene que hacerse perdonar. No asumirlo y responder a los golpes con menosprecios y descalificaciones puede costarle: no sólo ha mostrado una fea cara, sino que ha hecho bueno a su oponente, que encima ofrece imagen de buen chico. La falta de humildad, además de defecto, es mal negocio.

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