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Perspectiva

Crítica de la sinrazón pedagógica

No estoy solo en esta lucha. Ha llovido mucho desde que Lucien Morin, en la década de los 70, editara Los charlatanes de la Nueva Pedagogía, una obra pionera en la denuncia de los males que aquejan al sector educativo en la actualidad y que, en aquel momento, apenas se atisbaban. Y le han seguido, en nuestro país, voces tan conocidas como el matemático Ricardo Moreno Castillo, autor del brillante Panfleto antipedagógico, el filólogo Javier Orrico y La enseñanza destruida, el catedrático de Historia Enrique Moradiellos o la columnista y escritora Imma Monsó, entre tantos otros. Lo común a todos ellos, sea cual sea la procedencia o interés, es la crítica de los postulados de un movimiento pedagógico que altera por completo la realidad de la enseñanza y el modelo educativo. Mi maestro, don Antonio de Béthencourt Massieu, ya me puso en la pista del origen del descalabro: a partir de la Revolución de Mayo del 68, en las aulas universitarias parisinas, los alumnos cada vez más se alejaban del estrado del profesor, haciendo patente la separación, no sólo generacional, sino también ideológica entre los que aprendían y los que enseñaban. Todo era cuestión de tiempo y así ha sido.

Pero importa volver a Morin y releer sus páginas para comprender el cambio de principios. El pedagogo -no se olvide este detalle: Morin era un teórico canadiense de la pedagogía ampliamente respetado- insistía en que el discurso científico, de manera progresiva, sería sustituido por la opinión. Le gustaba calificar aquellos tiempos como los de la opinionitis, según su particular lectura. Tras ella, lo latente era un doble tipo de relativismo, el epistemológico y el moral. Hoy, cuatro décadas después, esas tesis relativistas están por doquier en la esfera educativa e, incluso, y no exagero, hasta en las propias normas que la ordenan. Mejor un par de ejemplos para que se haga inteligencia del fenómeno: en cada una de las áreas curriculares, los contenidos se intentan apartar de la evaluación, dejando en su lugar los criterios, actitudes y demás tareas del aprendizaje. No es relevante que un alumno sepa cuáles son las leyes de la física clásica, cuanto que tenga una noción de qué es la física. Más claro todavía: si es capaz de enumerar un determinado número de propiedades, ya sería suficiente para que se diera por cierto su conocimiento de la ciencia, a pesar de que ignorara la participación de las leyes fundamentales de la misma. Es idéntico a lo que está ocurriendo en las matemáticas: los alumnos dividen y multiplican con las calculadoras, pero desconocen realmente lo que hacen. De ahí que, a solas y ante el cálculo más sencillo, fracasen estrepitosamente. Por otra parte, en el capítulo de las conductas, individuales y colectivas, la situación es similar. No existe una definición precisa de qué es lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, gobernando la sinrazón. Así, se puede contemplar, y en total acuerdo jurídico con la autonomía de los centros educativos, como en uno de ellos no es sancionable lo que en otro sí, y viceversa, bajo las peculiares normas de convivencia con las que se dotan.

Por supuesto, el relativismo pedagógico adquirió una pátina de modernidad y progresismo que difícilmente se puede dejar de lado. Aportaba ilusión, puesto que el alumnado, por fin, podía desprenderse del esfuerzo y el compromiso en sus quehaceres educativos, al quedar todo a expensas de unos valores que se diluían cual azucarillos. Los padres, en medida semejante, rehuían su importante papel en la educación, librándose de una carga que la vanguardia pedagógica tenía destinada a otro agente de la formación de los jóvenes. El reverso de la ilusión era la culpa y, en ella, estaba el profesorado. Los profesionales de la enseñanza eran los perversos personajes que impedían, con sus valores tradicionales y la exigencia de su proceder, que los chicos desarrollaran su potencial como personas. La simple presencia de un responsable ante los educandos ya era, de por sí, castradora y fuente de frustración. Así, pues, había que reeducar al profesor, eliminar su autoridad en todos y cada uno de los ámbitos de su competencia. Y esta es la realidad a la que asistimos, un día sí y otro también, en la educación española.

Por este motivo, hay que desconfiar de aquellos que, bajo los más diversos alegatos, pretenden la innovación pedagógica a todo trapo. Ya que, en su fondo, lo que desean es proclamar la ignorancia como el primer objetivo de la formación y anular cualquier imperativo moral que provenga de la autoridad legítima de quienes desempeñan la función educativa. Son palabras que no gusta oír, que irritan por su veracidad, pero que, más temprano que tarde, han de ser escuchadas, aunque sólo sea por dignidad.

(*) Doctor en Historia y Profesor de Filosofía

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