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Papel vegetal

Las políticas del FMI

Durante décadas acostumbrábamos a leer en la prensa más crítica los efectos que causaban en otros continentes, principalmente en nuestra América, las imposiciones de ese organismo especializado con sede en Washington que es el Fondo Monetario Internacional.

Fueron otros pueblos los que hicieron de cobayas del Fondo, cuyas recetas consistían siempre en duras medidas de ajuste estructural y disciplina fiscal, reorientación del gasto público y liberalización financiera y comercial. Todo con el objetivo de pagar la deuda, condición previa al despegue económico que se les prometía.

Las consecuencias de las recetas del FMI fueron la mayor concentración de riqueza en pocas manos, el colapso de los servicios públicos, paso previo a su privatización, el deterioro de las condiciones de vida de la gente y la precarización y flexibilización del trabajo. ¿No les resulta familiar todo eso?

Salvadas todas las diferencias de desarrollo económico y consolidación del estado de bienestar entre Latinoamérica y Europa, muchas de esas cosas las estamos viendo efectivamente ahora en nuestro propio continente, donde se están aplicando las mismas recetas neoliberales, destinadas siempre a la defensa por encima de todo de los acreedores: fondos de inversión o banca internacional.

Ahora leemos en la prensa financiera que el FMI elogia las medidas del nuevo Gobierno egipcio, de las que dice que darán un vuelco a la economía del más populoso de los países árabes y contribuirán a que su PIB aumente este año fiscal en un 3,8 por ciento.

Ese mismo FMI, que al igual que muchos gobiernos de la UE, intentó mediante avisos que sonaron a amenazas, que los griegos volvieran a votar a quienes los habían llevado al desastre, es el que ahora respalda a un gobierno golpista como el del exjefe del Ejército Abdel Fattah al-Sisi, que derrocó y encarceló a un presidente democráticamente elegido y reprimió a sangre y fuego a quienes trataron de oponerse al golpe militar.

Algunos tratan de justificar aquel golpe por razones económicas. Argumentan que los continuos alborotos callejeros tras la revolución popular de 2011 contra el anterior dictador, el también militar Hosni Mubarak, frenaron el sacrosanto crecimiento económico, redujeron el número de turistas y disuadieron a los inversores internacionales, con lo que aumentaron el desempleo y los déficits fiscales. Nada mejor al parecer que una nueva dictadura militar para sacar al país del atolladero.

Hoy, ese militar convertido en civil y ganador de unas elecciones, afirma, como en su día hicieron Francisco Franco y Augusto Pinochet, haberse "sacrificado" por el bien de su pueblo y añade que cuando siente que sus 90 millones de compatriotas comparten los objetivos que él mismo defiende, se siente "feliz".

Y cuando los periodistas europeos que le entrevistan le recuerdan que llegó al poder mediante un golpe cruento, explica que esos no pueden entenderlo porque vienen "de otra cultura y tienen otras experiencias, de las que no pueden desprenderse".

Al darle su apoyo, el Fondo Monetario Internacional muestra una vez más que, como decía Felipe González, da igual que el gato sea blanco o negro, lo importante es que sepa cazar. Y en eso las dictaduras suelen tener ventaja.

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