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Cada cosa en su sitio

Culturicidio yihadista

El terror yihadista ha declarado la guerra a la historia y la cultura anteriores al islam y el cristianismo en territorios hoy ubicados en el área islámica.

El sitio arqueológico de Dur Sharrukin, el Museo de la Civilización de Mosul y las milenarias ciudades de Nimrud y Hatra son hasta ahora los enclaves saqueados o arrasados en poco más de dos semanas por las hordas del llamado Estado Islámico. Total o parcialmente, forman parte del Patrimonio de la Humanidad, y los atentados son doblemente por ello crímenes contra la Humanidad. Si tenemos por aberrantes las guerras de religión en el mundo falsamente integrado del siglo XXI, las que se proponen negar o nadificar las culturas del pasado retrotraen la barbarie a los tiempos de las grandes invasiones imperiales y sus derechos de conquista, no siempre tan destructivos. Son estremecedores los vídeos difundidos por los propios culturicidas cuando vuelan edificaciones y pulverizan esculturas a mazazos. Proclaman el designio de abolir las últimas huellas de aquello que contradice su fanatismo en las zonas del planeta que fueron durante siglos grandes y prósperas bajo otras creencias.

Lo más trágico siempre está en el asesinato de vidas humanas, la interminable diáspora, el hambre y la miseria en campos de refugiados y la forzosa pérdida de cuanto se ha hecho con trabajo y esperanza. Lo definitivamente horrendo, sin embargo, es aplastar la memoria desde sus raíces y hacerla irrecuperables. La naturaleza humana, acosada y perseguida por la violencia, perderá con la desaparición de sus referentes culturales el sentido de la propia vida.

Esta depravación ya dio señales en los primeros momentos del acoso yihadista de Mali y la ratifica, por si faltaran indicios, con la incondicional adhesión de engendros como Boko Haram. Siendo evidente que el poder militar del llamado Estado Islámico se nutre de países miembros de la comunidad internacional, con asiento y voto en la ONU, la única reacción eficaz es el bloqueo de relaciones y sanciones como las infligidas a otros estados por causas infinitamente menos justificadas.

De seguir subestimando las consecuencias de un plan criminal contra las personas, la cultura, la historia y la memoria, la irrenunciable utopía de un mundo en armónica convivencia será mero delirio. De las áreas de libertad de ese mundo ya emigran hacia el terror iluminados, aventureros u oportunistas que impugnan el criterio básico de civilización, sean cuales sean las creencias. El riesgo mayor es mirar hacia otro lado.

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