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El análisis

Oráculos

Las nuevas formas en política pasan por defender las ideas achinando los ojos, hablando apresuradamente -como si se estuviera cantando temas de oposición- y, sobre todo, destilando mal humor sin tasa. No entro en la razón o sinrazón de las propuestas de unos y de otros, sino en las maneras actuales de dirigirse a los votantes, cuestiones estéticas al margen. El lenguaje que hoy impera es el del vituperio incontinente aderezado con la mala leche. Acaso con la idea de subrayar los mensajes, se dicen cosas tremendas en un formato áspero, retador, enfadado, como si lo que pasa, en especial lo menos bueno, fuera el retorcido deseo de quienes mandan.

Esto que comento se hace bien visible cuando emergentes líderes fuerzan la sonrisa al divisar una cámara. O cuando terminan su perorata atropellada y mal encarada. Si se fijan, el rictus que les sale natural es una colosal muestra de impostura, porque lo suyo es el cabreo impenitente e inmisericorde que no deja títere con cabeza, salvo a sus conmilitones y afines, a quienes nunca les alcanza la censura por tratarse de entes seráficos y sabios que conocen y dominan las fórmulas magistrales y los secretos arcanos que pueden acabar como por ensalmo con todos los problemas del planeta.

No deja de sorprender el imprudente y soberbio desparpajo que exhiben estos nuevos gurúes de la cosa pública. Ante delicados dilemas que llevan décadas siendo objeto de detenido estudio por legiones de especialistas de medio mundo -de toda latitud, credo, ideología o raza-, ellos presentan un lenguaje plagado de lugares comunes, de eslóganes y de simplezas que ruborizan, y todo ello, además, con un envoltorio calculadamente academicista, para tratar sin duda de embaucar al personal, en especial al desesperado o al que está a otras cosas y es bienintencionado por naturaleza.

En Sudamérica, donde conocen bien los males del populismo, se suele escuchar que la mejor vacuna es una clase media razonablemente formada. Con personas preparadas, los cantos de sirena y mensajes vacíos de contenido, o con recetas caducas, acostumbran a ceder. En estos casos, la constante e irritante exhortación "a la gente", a la "mayoría social" o "al pueblo" acaban siendo desdeñadas precisamente por la misma sociedad, harta ya de fórmulas generales y demagógicas y nunca de soluciones concretas y sensatas.

Como se ha visto recientemente en Europa, presentarse ante un electorado vendiendo motos tiene muy corto recorrido. Igual que sucede con la oferta de programas vacíos de sustancia, de experimentos poco madurados o limitados en exclusiva al asunto económico, aun siendo este tan importante. Un país como el nuestro, profundamente impregnado por la educación universitaria, precisa ante todo de elegir modelos de gestión serios, profesionalizados, rigurosos, que garanticen el gobierno desde la razón y la sensibilidad.

Lo contrario, esto es, la atención a los nuevos profetas y a sus diletantes acólitos, nos retorna de inmediato al oráculo y, por esa senda, a la oscuridad de la caverna.

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