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Crónicas galantes

Llega el coche fantástico

De aquí a tres años, los coches europeos van a salir de fábrica con un dispositivo que alertará a Urgencias en caso de accidente, aunque las autoridades de la UE no han previsto -por ahora- que dé también el correspondiente parte de aviso al seguro. La realidad, siempre más creativa que la ficción, empieza a superar al coche fantástico de la tele, que a lo sumo le daba conversación a su chófer.

El auto bautizado como Kitt en la serie televisiva de los años ochenta tenía la habilidad de conducirse solo y acudir como un perrito a la llamada de su propietario. Era un automóvil en el sentido más exacto de la palabra, puesto que se movía por sí mismo y, a mayores, no precisaba de un chófer al volante. A esas virtudes añadía la de dar consejos al conductor, circular sobre dos ruedas o ejecutar análisis químicos y hasta sanguíneos para identificar el Rh de los malos de la película.

Como las ciencias adelantan que es una barbaridad, esos logros están a punto de quedar atrás gracias a los nuevos vehículos de tracción mecánica y alimentación eléctrica.

Los ingenieros de Google, siempre a la búsqueda de nuevas maravillas, presentaron ya el pasado año un modelo de coche totalmente autónomo: sin volante, freno ni acelerador. Ninguna falta le hacen esas antiguallas, dado que el artefacto lo conduce un ordenador al que proporcionan la información necesaria varios sensores estratégicamente situados en su carrocería. "El coche te llevará a donde quieras ir, simplemente pulsando un botón", si hemos de creer a Chris Urmson, el experto de Google que se encargó de diseñar tan diabólico artilugio.

La idea parece sensacional, por más que no se entienda muy bien para qué sirve un medio de transporte humano que no transporta a persona alguna en su interior. Salvo que se trate, claro está, de permitir a quienes vayan a bordo echar una cabezadita o despachar cualquier asunto mientras el coche los lleva al trabajo.

Si algo puede objetarse a este avance es que las máquinas tienden a equivocarse casi tanto como los hombres que las han creado.

Valga de ejemplo al azar el caso de la confiada mujer belga que hace un par de años acabó en Croacia cuando iba camino de la estación de Bruselas para recoger a la novia de su hijo. Un error del TomTom de su automóvil -que en efecto era tonto en grado sumo- hizo que los 32 kilómetros de distancia entre su pueblo y la capital de Bélgica se convirtiesen en casi 1.500 al llegar a Zagreb, allá por los Balcanes.

La fe absolutamente ciega que la conductora puso en el GPS de su coche le hizo ignorar todas las evidencias que la carretera iba dejando a su paso. Cambiaba el paisaje, pasaban las fronteras y hasta mudaba el idioma de las señales del alemán al francés y al serbocroata; pero nada de eso disuadía a la obstinada automovilista de seguir su camino. "No me hice ninguna pregunta", explicó después. "Pisé el acelerador y continué conduciendo".

Fácilmente se deducirá de esa anécdota que no conviene darles demasiadas confianzas a las máquinas. Si un simple GPS puede llevarnos a la antigua Yugoslavia cuando nuestro propósito era viajar a Bruselas, nada cuesta aventurar que el ordenador de un coche enloquezca -como el HAL de 2001, una Odisea en el espacio- y acabe por estrellarnos contra el árbol más próximo. Los coches fantásticos, mejor en la tele.

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