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De aquí y de allá

¡Que me la quitan de las manos!

Desde cualquier confín de nuestro país se oye, voz en grito, la llamada de los vendedores de mantas en verano, ¡que me la quitan de las manos! o el sutil llévese usted este ramito de flores.

Apostados en el mercadillo de baratijas, con el inmisericorde sol y polvareda, calientan las gargantas de tantos para ofrecer su producto volátil, regalo de un día cada cuatro años.

Y hete aquí que, a modo de milagro, te inundan con ofertas que donde había carestía ahora hay saldos maravillosos a precio de un simple papel relleno de nombres que no los conoce ni el autor de tan famélica lista.

No puede uno menos que maravillarse ante este mercadillo de luces, lleno de esbozadas sonrisas, y resulta del todo misterioso que aquellos que fueron pisoteados en sus derechos, desinstalados de sus salarios o arruinados por unos impuestos de lujo sean ahora alabados por sus sacrificios como si se tratara de una conducta voluntariamente aceptada por el pueblo, diz que soberano.

Sin duda alguna, a la menor reflexión crítica, asalta la consideración primera que no es otra que ¿no son estos los mismos de antes, los que se han llevado los mejores avances de nuestra España, los mismos que afirmaron que no la conocería ni la madre que la parió? ¿los ofertantes serán seres de otras galaxias?

Pues no, resulta que son hijos de la Vía Láctea, de esa misma que proporciona leche sin fin, la que te adormece en el pesebre de los favores, la que repudia, como buen perro, comer carne de perro, la que dicta el cuerpo a tierra que vienen los nuestros o aquello de que no hay peor cuña que la del mismo palo.

Los hipnotizadores logran dormir al pueblo a través de los mil y un circos de gladiadores, de incontables novelas y de sangrientos cruces de murmuraciones y falsos testimonios. La entrada en escena de jueces de lo divino y humano flagelados por sus ataduras al poder de los regidores de la cosa pública le dan al escenario ese tinte negro tan necesario en el tanatorio de la corrupción.

Y ya puestos en escena, el griterío de los encantadores de serpientes tropieza descaradamente con la cara incrédula de tantos y tantos hijos de la coneja Hispania, asombrados por la fragilidad de la memoria reciente y lejana de los predicadores.

Ya decía don Francisco de Quevedo que "nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir".

Pareciera que una oleada de polvo del desierto haya borrado los recuerdos de tantas promesas hechas tan sólo cuatro años atrás. Y es que este deterioro cognitivo es de extrema gravedad. España va bien, según pa- ra quién.

Más nos valiera acceder a la biblioteca de las promesas y leerlas detenidamente. ¿A quié-nes se les puede confiar el gobierno de la cosa pública? ¿La respuesta es que son todos lo mismo, los de antes y los de ahora, los viejos y los nuevos? El placer adictivo del poder es superior a cualquier otro y quienes lo degustaron no están dispuestos a cederlo y quienes lo acarician harán malabares sin fin para obtenerlo.

El espectacular harakiri de las cortes franquistas dio paso a una modélica transición política. ¿Cuántos diputados estarían dispuestos a llevar a cabo el anhelo de la ciudadanía actual? Los leones del Congreso son inmóviles piedras a las que habrá que darles el aliento de la vida.

Permítame, distinguido lector, el modesto placer de la indignación y que cada cual apueste por las piedras o por la vida.

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