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Reflexión

La misión

En 1914, José Ortega y Gasset editaba su primer libro, Meditaciones del Quijote, el único que realmente preparó a conciencia, como libro quiere decirse, puesto que los posteriores, casi sin excepción, fueron el fruto de artículos, ensayos o conferencias. Es ésta una obra de búsqueda, de un pensamiento al encuentro de la identidad intelectual de un joven prometedor que, ya por entonces, comenzaba a significarse en la sociedad española ayudado por un innegable talento para la escritura y la reflexión. Entre las páginas del volumen, se leen cosas del todo acertadísimas, que, un siglo después, siguen manteniendo la vigencia y la fuerza de una voz importante en el conjunto de la filosofía contemporánea. Con la soltura que da una inteligencia impar, llega a sentenciar que "un pueblo es un estilo de vida", comparando la cultura mediterránea con la germana, algo que repite, una y otra vez, en los diversos epígrafes del libro. Su espíritu regeneracionista rezuma por doquier y presume algunas de las ideas que luego plasmará en obras de mayor calado. Sin embargo, en el debate surgido acerca de la misión de la universidad en estos tiempos de cambio, resulta aleccionador atender a las razones del genio madrileño.

En lo básico, hay dos posturas que exhiben lo que debe ser la alta institución educativa, sus modos y la orientación definitiva de los estudios impartidos en sus facultades. Por un lado, está la tradicional, la que mantiene que la universidad es simplemente una etapa más en la vida del estudiante y, por lo tanto, aquélla debe estar sometida a los intereses y necesidades de los que ingresan en ella cada nuevo período lectivo. Existen muchas formas de calificar esta posición, pero, en lo esencial, podría decirse que es la democrática, la que sacrifica la excelencia por la igualdad. En el extremo opuesto, se sitúa la pensada por Max Weber en su conferencia La ciencia como vocación (1919), por completo ajena al sentido igualitario de la formación y el mérito: "La democracia está bien dentro de su propio ámbito, pero la educación científica que, por tradición, hemos de procurar en las universidades alemanas es una cuestión de aristocracia espiritual, y sobre esto no cabe engañarse". Según se opte por un modelo u otro, evidentemente se obtendrá una realidad universitaria distinta, en todo punto reconocible en sus enseñanzas y en los futuros titulados. Por supuesto, la ideología y la práctica política tienen mucho que decir al respecto. Aunque mi opinión es clara y firme como la del ilustre sociólogo, no puedo sustraerme al paralelismo entre Ortega y Gasset y el autor de La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Advierte el madrileño, precisamente, contra la falsa tradición, la que ha conducido al "aniquilamiento progresivo de la posibilidad de España", una tradición que se ha convertido en "superstición del pasado", una losa que ha terminado por aplastar el espíritu reformista y de necesaria renovación que un país como el nuestro se merecía por historia y ambición en la jerarquía de naciones. Por más democrática que se quiera ver, la tradición que hoy en día somete e incomoda tiene por padrinos al igualitarismo irracional y al paternalismo pedagógico, los mismos que presiden nuestras aulas, tanto las universitarias como las que no lo son. Se ha sacrificado el talento en el yunque de la mediocridad y la esperanza de premiar o reconocer el mérito se oscurece "en el azul crepuscular" que inunda el paisaje, en palabras también de Ortega y Gasset.

¿Cuál es la misión de la universidad? ¿Formar en la excelencia o producir únicamente titulados? Mucho me temo que España sigue sin resolver una cuestión tan elemental como decisiva en su propia definición como estado y en el superior empeño que se espera de ella. En Canarias, estamos en este trance y, como en el conjunto del país, la polémica no tiene visos de acabar nunca. Bien decía el responsable de Historia como sistema que sentía a "España como una contradicción". Y, luego, como siempre, vendrá la quejumbre y la melancolía al contemplar el progreso de los que nos rodean, el lamentable puesto internacional de nuestras universidades y sus pobres conquistas e invenciones en el terreno de la ciencia.

(*) Doctor en Historia y Profesor de Filosofía

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