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Cada cosa en su sitio

Siete clases de españoles

Es muy optimista pensar que el éxito inesperado de Cameron en las elecciones británicas puede extrapolarse a otras derechas europeas. Los ingleses superaron la recesión bastante antes que los países de la Eurozona, en la que no están, y lo hicieron sin rescates ni acatar el variado recetario de Berlín o Bruselas. La mejora del poder adquisitivo llegó a las clases populares y la cuota de paro es de las más pequeñas en su contexto. Londres sabe estar en la Unión Europea para lo que le conviene y, aún así, la victoria conservadora conlleva un referéndum de continuidad o de salida, hipótesis esta última que asusta a los continentales. En cualquier caso, la nueva mayoría tendrá que bregar contra una doble escisión: la europea y la escocesa. Ahora se alaba el pragmatismo de los electores y Tony Blair pide a sus correligionarios laboristas un giro al centro. Todo muy "british", pero difícilmente extrapolable a sistemas electorales tan desfasados como el nuestro.

Los españoles somos diferentes. En la tertulia de intelectuales y artistas animada por Valle Inclán en Madrid, el pesimista Pío Baroja propuso en 1904 esta definición de las "siete clases de españoles": los que no saben, los que no quieren saber, los que odian el saber, los que sufren por no saber, los que aparentan que saben, los que triunfan sin saber y los que viven gracias a lo que los demás no saben. Los últimos se llaman a sí mismos "políticos" y a veces hasta "intelectuales". La sabiduría como carencia es el núcleo de esa clasificación demoledora, pero no tan pretérita. Ciento diez años después, los siete "biotipos" siguen vigentes en la incultura política de una sociedad que sospecha haber equivocado el voto al poco de emitirlo. Sin embargo, parece ahora que duplicar las opciones de poder, de dos a cuatro, puede ser el principio de un nuevo saber.

Esta novedad se expresa en el hecho de impedir las mayorías y abrir paso al pluralismo mediante pactos capaces de instaurar el control recíproco y acabar con los abusos y corrupciones de las últimas legislaturas. Blair pide a los suyos que no miren exclusivamente al trabajador sino también al empresario. Es lo deseable, y mucho más en una praxis política como la nuestra, que lleva años primando al empresario mientras ignora o subestima el sufrimiento del trabajador y del parado. Las encuestas han perdido casi toda su fiabilidad y las británicas ya son objeto de una investigación que traerá consecuencias. Por encima de ellas, los ciudadanos tenemos claro que no es momento de confiar en mayorías absolutas. Ocurra lo que ocurra el próximo día 24, los encuestadores pasarán de rositas y no habrá dimisiones como las de Miliband y Clegg. Seguimos siendo diferentes, pero en algo hemos madurado.

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