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A la intemperie

Lo mismo

Si lees el periódico y te quedas como estabas, algo le pasa al periódico o algo te pasa a ti. Para muchos de nosotros, la prensa matinal constituye una suerte de transbordo que hay que hacer al terminar el desayuno para incorporarte al día. Pero se trata de un transbordo largo y complejo, como el de esas estaciones de metro que se dividen y subdividen en decenas de túneles y subtúneles cuyo recorrido te obliga a pensar en los misterios de la vida. Así recorremos algunos la prensa al regresar del primer café de la mañana, eligiendo unas noticias y desechando otras, como si nos dirigiéramos a algún sitio o a alguna conclusión. Hay días en los que el periódico viene vitaminado y te pone en marcha, y hay días en los que te dan ganas de volver a la cama. Lo peor, con todo, es cuando te deja como estabas. Significa que las noticias han entrado en tu casa y han salido de ella sin provocar la menor perturbación.

A veces me pregunto quién fue el hombre que dio la primera noticia y el primero que la recibió. Me pregunto también qué rayos es una noticia. Leo el siguiente titular en la primera de La Vanguardia: "El Vaticano abre una reflexión sobre su papel institucional en Andorra". Lo normal es que pase por encima de ella, pues tanto el Vaticano como Andorra caen un poco lejos de mis intereses. A continuación, sin embargo, pienso que si el editor la ha dado en portada será por algo. Me interno, pues, en la noticia como el que hace un transbordo en el metro y resulta que la pieza tiene sustancia. De hecho, el obispo de Urgell es copríncipe de Andorra desde 1278, lo que al papa Francisco, cuando se lo contaron, le causó una extrañeza sin límites. ¿Qué aportaba a la Iglesia, se preguntó, esa presencia política en un lugar repleto de bancos? Es lo mismo que me pregunto yo desde 1278 (quien dice "yo" dice cualquiera, pues eso es lo que viene a ser uno al fin y al cabo: un cualquiera).

Si el día en el que apareció la noticia me hubiera quedado como estaba, la culpa no habría sido del periódico, sino mía, por no prestar atención a las rarezas. Lo decía Lichtenberg: "Cuando un libro y una cabeza chocan y suena a hueco, la culpa no es siempre del libro". Con el periódico, lo mismo.

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