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Tropezones

Reflexiones viajeras II

Londres: no hace mucho visité el museo de la ciudad, el Museum of London, donde una exposición conmemoraba el personaje de Conan Doyle, el famoso Sherlock Holmes. Me llamó la atención el lema de la muestra: "El hombre que nunca vivió y que nunca morirá".

Verona: a raíz del eslogan anterior me viene a la memoria una visita a Verona, donde la obra de Shakespeare Romeo y Julieta ha puesto a la ciudad en el mapa del mundo de la fabulación; y hasta tal punto que el tour urbano organizado incluye obligatoriamente una peregrinación a la tumba de Julieta, e incluso una visita al famoso balcón, si bien el guía tiene la decencia de aclararnos "que no es el balcón original" (¡como si alguna vez hubiera existido!)

Cataratas Victoria: seguramente las cascadas más espectaculares de África, vienen aderezadas de una inquietante sensación de peligro. Al viajero se le brinda una travesía por el río Zambesi en una barcaza que se acerca hasta el mismo filo del salto de agua (me explicaron que la corriente es fuerte, pero por suerte más en profundidad que en las capas fluviales superficiales). También puede uno vivir las cataratas desde el aire, bordeando las atronadoras columnas de agua, encajado en una primitiva avioneta, cuyos motores pierden aceite a borbotones. Y si se asoma uno al rugiente abismo, que no espere barandas de protección ni seguros espacios acotados; sólo bordes resbaladizos y difusos lindes envueltos en perennes neblinas. La única atalaya segura, desde donde se le permite a uno contemplar las cascadas incluso en tiempo de lluvias (cuando con suerte puede incluso verse algún hipopótamo volando catarata abajo) ha sido bautizada con humor negro "Danger Point", el punto de peligro. Ahora, eso sí, les facilitarán unos hermosos chubasqueros para no quedar empapados a los pocos minutos de iniciar su temeraria excursión.

¡Están advertidos!

Gran Cañón del Colorado: se me ha preguntado alguna vez cuál es el espectáculo natural que más me ha impresionado. Y tengo que contestar sin dudarlo que la única aparición, pues eso es realmente lo que es, que ha conseguido cortarme la respiración, por utilizar un cliché que nunca había vivido hasta ese día, es el Gran Cañón del Colorado. Uno arranca del pequeño pueblo de Falstaff, y un autobús le lleva carretera arriba un larguísimo trecho, hasta dejarle en una meseta. Ahí el viajero tan sólo necesita dar unos pasos para asomarse a un asombroso precipicio que ya no olvidará mientras viva y que no pienso ni intentar describir, pues considero que es obligación solidaria de cualquier morador de esta tierra, trabar dramático conocimiento con este fenómeno de la naturaleza.

Por cierto, no se pierdan: ¡el cañón del Colorado está en los Estados Unidos, pero no en el estado de Colorado, sino en el de Arizona!

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