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Papel vegetal

Turismo destructor

La candidata favorita a la Alcaldía de Barcelona ha expresado el deseo de limitar el turismo de masas en esa ciudad, que recibió el año pasado a más de 7,5 millones de visitantes.

Inmediatamente su propuesta, todavía agraz ya que Ada Colau dijo no saber exactamente cómo lo haría, ha hecho sonar todas las alarmas de quienes parecen apostarlo todo sólo al crecimiento sin que parezca importarles demasiado la calidad.

Colau no quiere que Barcelona se convierta en una nueva Venecia, esa otra ciudad mediterránea destruida por el turismo de masas, sobre todo el de esos buques de varios pisos que a su paso por el canal Grande hacen temblar los cimientos de sus maravillosos "palazzi" al borde del agua y que han acabado convirtiéndola en una especie de Disneylandia para cruceristas.

Quienes habitan la ciudad de los canales -cada vez menos- se quejan de que está sucia, de que los jóvenes huyen de ella y por las noches es una ciudad muerta, no esa Venecia decadente que fascinó en su día lo mismo a Richard Wagner que a Thomas Mann y que con tanta sensibilidad retrataría más tarde Luchino Visconti.

Tiene razón la que parece que será la próxima alcaldesa de Barcelona: una ciudad pertenece antes que a nadie a sus vecinos, que son quienes la viven y también han de sufrirla diariamente.

Y Barcelona, como tantas otras ciudades agraciadas por la belleza de sus monumentos, no puede convertirse sin más en un ruidoso parque de atracciones o en simple escenario de las juergas de fin de semana de quienes optan por celebrar allí sus ruidosas y alcoholizadas despedidas de solteros.

Estamos demasiado acostumbrados en este país a soportar gobiernos municipales que no parecen hacer nada contra el deterioro de la calidad de la vida urbana, que toleran la progresiva y desconsiderada privatización del espacio público, la invasión de las aceras por las terrazas de los restaurantes, las ruidosas juergas que duran hasta altas horas de la noche e impiden el descanso de quienes han de trabajar al día siguiente.

Todo es bueno para aumentar la recaudación de impuestos que se dedicarán luego a proyectos insensatos y muchas veces megalómanos.

Proyectos que nadie ha pedido y que dejan las arcas vacías para otros fines como puede ser la plantación de árboles en las plazas duras o la instalación de bancos y de fuentes públicas donde calmar la sed si uno no lleva un euro en el bolsillo.

Pero no. Hay quienes inmediatamente dicen que luchar contra el turismo es matar la gallina de los huevos de oro. Son los mismos que defendieron hasta el último momento el insensato y por fortuna frustrado proyecto del inversor norteamericano Kenneth Adelson de levantar cerca de Madrid una ciudad dedicada al vicio del juego.

Y los que han estado defendiendo también a capa y espada otro proyecto similar, esta vez la construcción de un complejo residencial de lujo y ocio también en las cercanías de la capital que estaría financiado por el mismo multimillonario comunista chino que compró el edificio España de la homónima plaza madrileña.

¿Y los vecinos no tienen nunca nada que decir? ¿No tienen derecho a ser consultados?

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