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Personajes de la playa de Las Canteras

Arturo Maccanti Rodríguez

Roque Nublo, solemne,

con el Teide, enfrente.

Piedra y montaña Entre las brumas de la mañana

Se cumple, en este mes de septiembre, un año desde la muerte del poeta y amigo Arturo Maccanti. Aislado, como lo estuve aquel verano pasado, tardé en enterarme de su muerte y no pude rendirle mi homenaje póstumo. Homenaje que no le faltó en las páginas de LA PROVINCIA, por el interés de otras plumas de reconocido prestigio de Canarias. Me uno, un año después, con disculpable retraso, a los que han reconocido, por escrito, su obra, sin que el tiempo haya limado ni erosionado mi afecto por el ilustre poeta de mi barrio, de Guanarteme, de la Peña la Vieja y de la playa de Las Canteras, barrio donde han vivido destacados artistas canarios. Manolo Padorno (Punta Brava), Martín Chirino (paseo de Las Canteras), Millares, Matías Díaz Padrón, entre otros, y Arturo Maccanti, en la calle Galileo, en una casa terrera, con un patio-jardín, en solar que hace mucho tiempo formó parte del extenso legado de Pino Apolinario Placeres.

El padre de Arturo era italiano y la madre de origen portugués. Hugo trabajó en Italcable, al final de la calle Portugal. La coincidencia de vivir en la calle Galileo y trabajar en la calle Portugal. Pronto se integró en la sociedad canaria. Me he quedado con la imagen de Hugo, sobre la arena de la playa, ya en sombras, en animada tertulia, con chistes y comentarios incluidos, con el médico Antonio Betancor, Antonio Rodríguez, Juan Miranda y Valido. La madre era una mujer totalmente dedicada a su casa, con piel de rosa y bondad demostrada. Arturo era el mayor de los tres hermanos (Julio y Luis, los otros), siempre pendiente de la responsabilidad que le daba su primogenitura. Los hermanos no eran clientes a jornada completa de la playa, como fuimos yo y otros. Arturo hacía apariciones esporádicas en la playa, para transformar sus visiones en poesía, que estallaba en temas diferentes. Versos sobre su mar atlántico ("mar, sin límites, remoto/airado, turbio, violento/amado mar de mi vida/ y de todos mis recuerdos"). Nostalgía como recurso que empleamos cuando ya pasamos el meridiano de nuestra vida para atar, con papel celo, nuestra juventud e infancia ("mi juventud tú has sido/ y después mi nostalgia") Pasión por La Laguna. Girando sobre nuestro detestable y vencido cuerpo, que me recuerda a Domingo Rivero: "Perdóname este cuerpo erizado de púas/ me lo entregaste limpio y yo te lo devuelvo/ con estas cicatrices que me dejó la angustia". La nostalgia de Arturo se reparte entre Gran Canaria ("La calle donde vivo se parece/ un poco a aquella calle de mi infancia/ pero el mar quedó lejos Y el corazón lo sabe/ sabe que no es posible regresar a aquel mundo/ cuyo esplendor ajado/ propaga todavía su clara quemadura/ en mis días presentes?") y Tenerife, de donde es Isabel. La lluvia de La Laguna es un rasgo definitivo, que iluminaba negros adoquines de las calles. La lluvia llegaba con el silencio a cualquier hora de la mañana y la tarde. La sentías, como después sentí a mi amada. Te seguía en los paseos del Camino Largo, en las caminatas hacia el Cristo de las Victorias, a la Concepción y a los Remedios. Te escapabas de la lluvia en el Teatro Leal y el Ateneo y del frío en los templos de "las perras de vino", el Dos y Uno y Casa Maquila. Y si después de tu encuentro con Baco no atinabas con dar con los tristes faroles que te llevarían a tu casa, para eso estaban los verodes que vigilaban en las tejas de las viejas casas... La poesía de Arturo era sentimental, certera, arropada por lenguaje propio y adjetivos inesperados y rotundos. Citas a la muerte y a la vida. ("¡Hay tan poco jardín de la vida a la muerte!"), la alegría y la pena ("Hay momentos del día/ que amo la sombra, cierro la ventana/y me dejo vencer por la desgracia/ por el alcohol/ o la melancolía?"), la esperanza y la angustia ("Son muchos años para nada/ creciendo en la esperanza y en la angustia/ para la muerte que vendrá a reclamarme/ su herencia"), tiempo, nubes, ios, para siempre volver al recuerdo de su madre ("Seguramente ella, rosa de la niñez/ será transparente al abrirme la puerta/ yo miraré sus ojos, más azules que nunca/ el agotado río de su sangre cantando todavía/ debajo de su piel de pergamino/ en otros tiempos de durazno") y la terrible desaparición de su hijo ("¿Y donde tu hijo mío/ ruiseñor de mi ansia?"). Acabo con una cita a la Peña la Vieja: "Como cuando jugábamos/ hambrientos y postbélicos/ al escondite,en las tarde de barrio/ de la Peña la Vieja' Música de Mahler.

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