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A tiempo y a destiempo

El carrusel del Buen Dios

El verano es un tiempo para vivir de lo que surja. Salir con las manos en el bolsillo, paso breve y mirada curiosa, es un deporte único para este tiempo. En Madrid apenas tropiezas con la gente y si te diriges a un barrio u otro dependerá del pálpito del momento. Un día de esos, cuando sólo es posible caminar sin rumbo al anochecer, me dirigí con otro amigo cura hacia la calle Hortaleza. A las nueve de la noche el sol todavía dejaba retazos en las cornisas de la Gran Vía y calle arriba la densidad y desinhibición del personal era palpable. Estábamos en pleno barrio rosa. Pretendíamos llegar a la iglesia de San Antón, veinte y cuatro horas abierta según la última ocurrencia del Padre Ángel y queríamos verificar, yo al menos, el estado del lienzo de la última comunión de San José de Calasanz pintado por el mismo Goya y expuesto en aquella Iglesia de las Escuelas Pías desde siempre. Aquí lo había visto hacía muchos años y quería sentir de nuevo la emoción conmovedora y devocional de la que muchos críticos consideran la última obra religiosa de un gran pintor. Sin embargo, la obra original, que se puede visitar actualmente en la residencia de los padres escolapios de la calle Gaztambide, había sido sustituida y sólo pudimos recrearnos en la copia, por cierto, digna.

La iglesia invitaba a detenerse y coger respiro. Un letrero invitaba a entrar incluso con la mascota para la que la parroquia disponía de deliciosas galletas de perro. Una rampa cubierta de moqueta roja facilitaba a cualquier impedido sortear los dos peldaños de desnivel. En el interior se sentía la calle y sólo cambiaba el decorado. El chapoteo del bullicio callejero entraba por la puerta principal, abierta de par en par, y salía condimentado por los comentarios y el ruido de los corrillos. Dos guardias de seguridad, que vigilaban el recinto, charlaban alegremente a la izquierda de la entrada y el ir y venir de gente anónima se escurría por el fondo, se plantaba para leer los dos murales que colgaban junto al altar o se entretenían en observar la máquina expedidora de alimentos solidarios que atraía mayoritariamente la curiosidad.

Desde su hornacina San Antón, hombre del desierto y buscador de silencio, observaba, por encima de las pantallas de televisión colgadas de las columnas del recinto, aquel movimiento hasta hace poco inusual, como si la calle hubiera invadido lo mismo que las terrazas de verano las aceras, aquel recodo sagrado. Para el que quiera orar se ofrecen unas banquetas violetas, la posibilidad de recargar el smartphone o utilizar gratis el wifi. En una capilla lateral, sobre una urna con las reliquias de San Valentín, patrono de los enamorados, campeaba un cartel escrito con rotulador azul, advirtiendo de la presencia de los restos de un santo tan de moda. Por el momento, a tenor de los exvotos y lámparas inexistentes, parece no importar mucho a los novios, aunque todo se andará.

Cuando salíamos, advertí, a la izquierda, una diminuta capilla con vistas al exterior. La calle, de por sí estrecha, nos ofrecía en aquel tramo un decorado surrealista: frente por frente, un edificio de evidente corte monacal, lucía con desmesura, sobre lo que antes fue una iglesia conventual, las siglas de UGT y adosado a la iglesia, el antiguo colegio calasancio, antes hospital, transformado ahora en un espacio de hierro y cristal, para más INRI, sede del Colegio de Arquitectos de Madrid.

La capilla era diminuta y fácilmente identificable desde fuera. Una custodia con el Santo Sacramento en Exposición Mayor estaba allí subido al sol de plata e iluminado con una luz blanca claramente perceptible desde fuera. Por si alguno se interesaba y se atrevía, alguien había aparcado un reclinatorio, en plena acera, mirando hacia el Santísimo. Pero, por el momento, nadie entró al trapo. El Señor estaba solo. Parecía, más bien que en lugar de aguardar alguna visita, observaba el ajetreo de la gente. Sí, como Pinito, aquella vecina del barrio que, cuando no había televisión, se entretenía, asomada eternamente a la ventana, con el paso del vecindario.

En una de las paredes del templo, una hucha abierta me había llamado la atención: "Deja lo que puedas y llévate lo que necesitas", decía. Dentro no había nada.

En el testero del fondo las dos grandes pancartas que escoltaban el retablo central aleccionaban a la feligresía. La primera aludía al Año de la Misericordia que iniciaremos el próximo diciembre, la segunda, por si quedaba alguna duda, pregonaba el porqué de aquel tío vivo: "El Papa Francisco pide que la Iglesia tenga los templos con las puertas abiertas para que el que busca a Dios no se encuentre con la frialdad de las puertas cerradas".

Miré a los guardias de seguridad, uniformados y en nómina, que seguían en lo suyo y salí a alta mar. La gente subía y bajaba, mientras Dios miraba desde la Custodia tras una puerta de vidrio y cristal. El reclinatorio permanecía allí, en plena calle, desocupado.

Mientras sorteaba los escollos humanos cada vez más densos, me hacía algunas preguntas: ¿Este deseo de sobreexposición que recorre actualmente a muchos en la Iglesia? realmente es necesario, invita a algo diferente? ¿La iglesia de san Antón es simplemente una expresión más de la subcultura hípster o es una versión de ese "hospital de campaña" que debería ser la iglesia y que tanto repite Francisco?

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