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Miradas

Nuestra responsabilidad con los refugiados

Con el paso de los años hemos llegado a una situación en la que observamos la tragedia que conlleva la emigración forzosa con una naturalidad que casi cae en la indolencia. A pesar de que la muerte de 25.000 personas desde comienzos de siglo intentando alcanzar el sueño europeo a través del Mediterráneo se ha convertido en una situación normalizada en nuestro imaginario, eventualmente, ciertas imágenes golpean nuestras conciencias cuando las cifras de desplazados y fallecidos rebasan lo cotidiano. Y es que estas personas despojadas de sus vidas, sin nombre ni apellido, han pasado a convertirse en simples números. Las últimas fechas hemos vuelto a recordar que existe una triste realidad que lanza a miles de personas a una huida hacia la muerte mientras muros y alambradas se apostan sobre las fronteras de la Europa privilegiada y los gobiernos de turno se pasan la pelota acusándose mutuamente de pasividad a la hora de hacer frente a la llegada de personas que huyen de la desesperación. A la hora de atajar esta problemática se apela a valores ilustrados que cimentan nuestra civilización como la solidaridad o la humanidad, que no hacen sino esconder una compasión aristotélica ejercida desde un bando privilegiado de forma condescendiente, y de esta manera obvian una realidad mucho más incómoda: Europa no puede volver la vista a esta tragedia porque, más allá de razones humanitarias, tiene una responsabilidad directa en la situación que les ha tocado vivir a los refugiados y a sus países de origen. Por un lado, una gran parte de los exiliados están llegando procedentes de las costas de Libia, donde en 2011 las potencias occidentales promovieron una guerra por medio de la OTAN.

Hasta el momento de esa intervención, el país libio, tras la implantación de la Yamahiriya por Gadafi, pasó de ser uno de los más pobres a encabezar la lista de naciones con mayor nivel de vida de África ofreciendo cifras envidiables en temas como la sanidad, educación, vivienda, el acceso a recursos básicos y la situación de la mujer, todas ellas tareas siempre pendientes en la mayoría del continente. Además se situó como un país comprometido con la realidad africana acogiendo constantemente a emigrantes procedentes especialmente del área subsahariana. Finalizado el devastador conflicto, el caos se ha apoderado de Libia y quienes iban hacia allí buscando una vida mejor se ven obligados de pasar de largo, así como muchos libios que no pueden seguir viviendo en un país donde, a pesar del asesinato de Gadafi, nuevas fuerzas tribales y mercenarios mantienen un estado de guerra. La otra gran columna de refugiados procede de Siria, donde nuevamente los intereses geopolíticos hicieron que el bloque occidental, con el beneplácito de dictaduras árabes de marcado carácter represivo como la Saudí, incitaran a una guerra civil potenciando y armando a lo que hoy se conoce como Estado Islámico del que ya conocemos sus deshumanizados hábitos y beligerancia incesante. Es de este horror del que huyen millones de personas, no del gobierno de Bachar El Asad, cuya figura puede no ser del agrado de todo el pueblo sirio, pero el detonante de la situación ha sido el cúmulo de intereses económicos, religiosos y políticos que mantienen países como EE UU, Qatar, Turquía o Francia que, con el incuestionable apoyo de toda la Unión Europea, han acudido cual jinetes del Apocalipsis a llevar la guerra, el hambre y la muerte. Por ello, es hora de asumir las responsabilidades directas que mantienen los países europeos en esta situación y se accione una resolución real que pasa por el cese inmediato de la agresión internacional contra todos esos países que no quieren alinearse ante los mandatos de un Occidente despreocupado de la vida de quienes viven en aquellos países y más aún de quienes llegan a nuestras fronteras para poder vivir un día más.

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