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Crónicas galantes

Cuando todos seamos suecos

Sostiene el presidente Artur Mas que Cataluña se parecerá a Holanda y / o a Suecia una vez se desprenda del lastre de España. Tan notable acontecimiento podría producirse a partir del próximo día 27, aunque Mas no aclare si va a recurrir a una siembra masiva de suecos y holandeses o bien se las arreglará con el personal mayormente mediterráneo que tiene a su disposición. No es el único que quiere ser otra cosa. Aunque la definición del español como sujeto moreno, bajito y con bigote quede ya un tanto desfasada, lo cierto es que a (casi) todos nos gustaría ser altos, nórdicos y con el pelo del rubio color de la cerveza. El mito de las suecas sigue tan vigente como en los años sesenta del pasado siglo, cuando Alfredo Landa se pasaba el día persiguiéndolas por los pasillos de las películas. Si acaso, ahora queremos convertirnos directamente en suecos -previo referéndum- o, de no poder ser, holandeses. Hay otras variantes, como es natural. El nacionalismo gallego, por ejemplo, se miró siempre en el espejo de Irlanda, con la que Galicia comparte la afición a la patata, a la emigración y al aguardiente, además de ciertos vínculos étnicos más o menos legendarios. También el Gobierno de Euskadi ha puesto en alguna ocasión Suecia y los países escandinavos como modelo a imitar, si bien uno imagina que en realidad los vascos quieren ser vascos y punto. Pudiendo nacer en Bilbao, constituiría toda una extravagancia la pretensión de convertirse en inglés o en suizo una vez alcanzada la independencia. Salvo en este último caso, hay una contradicción evidente entre el orgullo de ser lo que uno es y, a la vez, querer ser otra cosa.

El antes citado Mas, por poner un ejemplo, cantaba el otro día las glorias de Cataluña en un artículo o más bien epístola dirigida "a los españoles" que era toda una paradoja. Recordaba el presidente catalán que su país ha sido siempre un modelo ejemplar de convivencia; una sociedad "dinámica", "integradora" y "creativa" que se ha alzado siempre contra la injusticia y que ha dado mucho a pesar de recibir poco o nada. En buena lógica, un lugar adornado por todas esas y muchas otras virtudes debiera aspirar, sin más, a ser lo que ya es; pero no. Curiosamente, el propio Mas cifra las ventajas de la independencia en que Cataluña pueda llegar a asemejarse a Holanda o Suecia. Quizá se trate de una simple metáfora. Lo que Mas declara es el deseo, tan español y universal a la vez, de vivir en un país rico a imitación de los Países Bajos o de los que forman Escandinavia. Más o menos eso es lo que pretenden los africanos y otros inmigrantes que llegan a Europa, aunque en su caso lo hagan de uno en uno dada la imposibilidad de construir un remedo de Suecia en sus propios países. Extraño caso el de España. Todos o casi todos sus reinos autó- nomos dicen ser diferentes y en general más guapos y virtuosos que los demás; pero una vez sentado eso, lo que de verdad quieren es convertirse en suecos, irlandeses o noruegos. E incluso en alemanes ("del sur"), como sugirió días atrás el mismísimo presidente Mariano Rajoy, acaso hipnotizado por Angela Merkel durante su visita a Berlín. De momento, el que más a mano tiene lo de convertirse en sueco es Artur Mas, que ya se prepara para crear un nuevo Estado escandinavo a orillas del Mediterráneo. Lástima que no esté vivo Alfredo Landa para darle consejos sobre suecas.

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