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Inventario de perplejidades

Un tigre, un león y una boa

Me cuenta un amigo que un pariente suyo fue a casa de unos conocidos y se encontró con la sorpresa de que tenían un tigre y un león como animales domésticos. Al león no le permitieron acercarse y mientras estuvo de visita lo mantuvieron encerrado por precaución, pero el tigre se comportaba tan pacíficamente como pudiera hacerlo un gato común, se dejaba acariciar y hasta se estiraba boca arriba sobre la alfombra para jugar y pedir mimos. En un primer momento, al pariente de este amigo mío la presencia de los felinos le sorprendió un poco, pero luego se adaptó enseguida al comprobar que, pese a su aspecto fiero, no parecían especialmente agresivos. La confidencia me dejó alarmado, pero me abstuve de preguntar detalles sobre la localización de la casa, la identidad de sus moradores y sobre la legalidad de la existencia de esos dos felinos en la proximidad de mi casa. Si yo viviera en una zona selvática de África Central la circunstancia no me llamaría la atención y posiblemente hasta estuviese acostumbrado a oír rugidos sin darles mayor importancia. Pero en esta parte del mundo, donde el animal más grande es la vaca lechera, la cosa pinta de otra manera. Desconozco de qué manera llegaron el tigre y el león, si lo hicieron legal o clandestinamente, o si fueron adoptados de recién nacidos y luego criados a biberón. En cualquier caso, su presencia no deja de parecerme una extravagancia peligrosa. Algún animalista enrage intentará convencerme de lo contrario y puede que hasta disponga de estadísticas que demuestran que los tigres y leones criados como animales domésticos son mucho menos peligrosos y causan menos muertos que los automóviles o algunas razas de perros. Doy por supuesto que eso quizás sea así, y que yo pudiera ser uno de esos retrógrados que obstaculizan el progreso social. Pero sigo en mis trece y en mis miedos, seguramente absurdos. Aunque reconozco que la afición a convivir con animales selváticos no es de ahora. Hace años un fotógrafo de prensa me contó que él tenia en casa una boa de cuatro metros de largo. La boa es una serpiente de una fuerza descomunal que asfixia a sus víctimas entre sus anillos antes de devorarlas enteras. Pero él no le tenía miedo y a veces al despertar se encontraba a su compañera de piso enrollada afectuosamente en una pierna. En una ocasión, al volver a casa, no la vio en su lugar favorito y tras buscarla por todas partes la acabó encontrando en una cómoda donde guardaba los jerséis. Había aprovechado un pequeño hueco en la parte posterior del mueble para esconderse. La alimentación de la boa era otro capítulo. Le daba ratones vivos de laboratorio, unos cuarenta cada vez, y luego ella dormía su digestión durante tres meses. Eran una pareja feliz.

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