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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El análisis

Regreso al futuro y la concepción del tiempo

Hace unos días, el pasado 21 de octubre, las redes sociales se hicieron eco de una significada fecha para los seguidores del género de aventuras y ciencia ficción. Regreso al futuro II, estrenada en 1989, era la segunda entrega de una emblemática saga que basaba su argumento principal, su trama, en la capacidad de viajar por el tiempo. Si en la primera parte Marty McFly, su protagonista (encarnado por Michael J. Fox) y el doctor Emmet Doc Brown programaban y llevaban a cabo un viaje a 1955, en la segunda se dirigían hacia un futuro que entonces parecía lejano: 2015, concretamente el pasado 21 de octubre.

La verdad es que es una referencia tan cercana como sorprendente. Sorprendente, porque parece que fue ayer cuando asistí al estreno de este éxito del director estadounidense Robert Zemeckis, y ahora el futuro se acaba de transformar en pasado. Y eso, que otra conocida referencia cinematográfica, el film sobre la saga artúrica Excalibur, afirmaba con un enigmático Merlín que "la perdición del hombre es el olvido".

Aprovechar esta argucia cinematográfica es un sencillo pretexto, para escribir sobre el concepto del tiempo a lo largo de la historia. Desde tiempos pretéritos, todas las culturas han considerado el paso de los días como concepto circular, como una rueda que gira eternamente, sucediendo etapas diferentes, con variable velocidad. Tras la inevitable muerte, acontece el anunciado renacer, tras la noche nos visita el sol, de igual manera que estaciones, cosechas, mareas, repiten incansablemente unos ritmos que determinaban la eternidad. Con la llegada de la modernidad, y sobre todo del concepto del hombre, como elemento de producción, carente en gran medida de valores espirituales (o al menos de su percepción) le damos entrada al homocentrismo, al mundo del hombre y su concepto lineal de la historia.

Al desaparecer tanto la concepción como la percepción del eterno retorno, fuimos abducidos por el citado concepto lineal, donde nos vendieron, y continúan postulando, una mejora permanente del mundo, en un progreso constante y sin límite, donde desaparecerían guerras, hambrunas y todo tipo de conflictos, sobre todo por el dominio tecnológico del hombre. Sería recomendable rememorar a un Aldoux Axley, y su obra cumbre Un mundo feliz, para acto seguido ver unas horas de tele, leer un periódico, o salir a dar una vuelta. Nos percataríamos como casi 100 años después, en poco se equivoco, lo que posiblemente motivo su desesperada búsqueda, en un combinado de vedanta hindú con psicotrópicos.

En estos días, a resultas de Regreso al futuro II y su curiosísima referencia a nuestro muy actual 2015, la mayoría del personal se ha entretenido en comparar si los adelantos tecnológicos tenían muchas desviaciones. La verdad es que tampoco ha pasado mucho tiempo, y si comparamos a Zemeckis con un Julio Verne, todo se convierte en puro esperpento... El prodigio literario francés adelantó, con meridiana exactitud, con un siglo de anticipación, cosas que solo un visionario como él podía percibir; y con una matemática similitud que da hasta miedo.

Más curioso, y verdaderamente peligroso, con exiguos años de diferencia con esta película, es la novela de Jean Raspail El campamento de los santos. Cuanto tuve acceso a estas magistrales paginas, ya hace muchos años, pensé que sus vaticinios y cálculos sobre los procesos migratorios hacia Europa eran exagerados. Me dejaron una lejana y apocalíptica sensación, y en cambio, ahora lo estamos viviendo, con la misma intensidad que un romano Valentiniano, en referencia al siempre tajante Perez Reverte. Como bien apunta, posiblemente las cosas no puedan ser de otra manera.

Los hombres modernos somos tan presuntuosos y soberbios que nos imponemos como medida de todo, incluso del tiempo. Establecemos el inicio, desde que tenemos alguna referencia, siempre en la idea de que cualquier concepto puede meterse en una probeta. Para terminar, relativizando nuestro sistema de medida del tiempo, lineal o circular, permítanme recordar las métricas de la tradicional cultura hindú. La unidad más grande de medida es un kalpa (aproximadamente 907.000 años), que a su vez se dividen en 14 manvantaras, y a su vez los manvantaras que serian un ciclo completo de una humanidad se dividen en cuatro yugas. Por cierto, por si alguien tiene curiosidad, en octubre de 2015, en pleno Regreso al futuro, estamos inmersos en el Kali-yuga, yuga final de nuestro ajetreado, y siempre entretenido, manvantara.

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