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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Calafateando

Nada es nuevo

Ese creernos que lo que nos está sucediendo en este momento nos ocurre porque somos de esta o de aquella manera, que si tuviéramos una u otra cualidad nos iría mejor sin contar que achacamos todo a nuestra buena o mala suerte, además de asumir que somos los únicos a quienes el azar maltrata, es muy humano. No reparamos en que nada es nuevo en el devenir vital propio y en el de nuestros semejantes, perfectamente engarzados en una infinita cadena, de suerte que lo que me está hoy atenazando, a mí en concreto, es algo que ha sucedido a otros desde el principio de los tiempos de forma infinitesimal. Nada es novedoso humanamente considerado. Todo es un eterno retorno.

Creemos que las nuevas tecnologías suponen un vivero de pérdidas de puesto de trabajo; ejemplo la robótica, inteligencia artificial capaz de sustituir un indeterminado número de obreros, y los ordenadores que posibilitan almacenar datos casi hasta el infinito con una precisión desconcertante, sustituyendo con eficacia, al menos en apariencia, la convencional mano de obra. Pero no nos engañemos, esta percepción tan "moderna", de moderna tiene poco. Ya en pleno siglo XIX en Inglaterra se decía que los hombres morían de hambre a partir del momento en que las máquinas trabajaron por ellos. Que en cuanto un empresario posee una máquina que ejecuta el trabajo de quinientos, su consecuencia inmediata es que esa misma cantidad se queda sin su trabajo, arrojados al arroyo, vacantes e inactivos y acaban dedicándose en el submundo al robo. Al tiempo, se decía, que si esas máquinas pertenecieran a todos (eran momentos en que ya circulaban las ideas socialistas), cada cual se beneficiaría del trabajo de aquellas. Se recomendaba asimismo que todo trabajo no intelectual, monótono y enojoso, además de repugnante en que se manipularan sustancias peligrosas y que requiriese condiciones desagradables, deberían ser realizadas por las máquinas. En esto último sí es verdad que las mismas han demostrado su eficacia beneficiosa.

Queda pues claro que la sospecha que tanto predicamento alcanzó era falsa y no, desde luego, novedosa. La historia se repite con independencia de la época. Abundando en el equívoco, puede parecer que fue Henry Ford a quien por primera vez (es lo que muchos creen todavía) se le ocurrió la brillante idea de que sus empleados tenían que cobrar sueldos suficientes que les permitieran comprar los coches que él fabricaba. Y no, fue Robert Owen, el apóstol de los obreros, el que un siglo antes había descubierto que los fabricantes, en su desmedida avaricia comercial, se mantenían ciegos e incapaces de comprender que sus obreros eran también consumidores. Decía que un fabricante no podía tener un mal mayor que los jornales míseros y las largas jornadas de trabajo; que la verdadera prosperidad de cualquier nación, en todo tiempo, puede ser determinada con exactitud por el aumento de los jornales o la extensión de las comodidades que las clases productoras pueden obtener a cambio de su trabajo. Se decía que si en un país no hay el suficiente consumo interno, éste va mal. ¿Nos suena algo esto?

Hace un tiempo vemos en TV un programa en el que los empresarios se hacen pasar por compañeros de trabajo, forma que tienen de conocer a fondo el funcionamiento y el grado de lealtad y compromiso de sus empleados con la empresa. La enseñanza que desprende a mi modo de ver es positiva: evidencia el lado humano del empleador, y es reconfortante comprobar el reconocimiento que hace al que es honesto y cumplidor. Es, en definitiva, la puesta en escena del supuesto lado más amable de un empresario. Pero esto no es reflejo de la realidad del país. Lo que hay es otra cosa, consecuencia directa de la "reforma laboral" del PP. Trabajar por horas, días, semanas o meses, con salarios de miseria, ¿no es precariedad laboral?, ¿no es taponar el progreso de la nación? La parte ancha del embudo es para el empresario y la angosta, donde se apelotona sin salida, para la legión de trabajadores sin trabajo en toda España. Esta es la situación ideal de país para Rajoy: una juventud sin porvenir con independencia de si está o no preparada, imposibilitada para emanciparse y emprender una vida en común: casarse (o vivir en pareja), tener hijos, pilares que son básicos donde se sustenta el porvenir de las naciones. Y aquí, erre que erre del gran capital y el mundo empresarial con su política neoliberal salvaje, forrándose sin límite gracias a la precariedad laboral en vigor. La miopía de este Gobierno comandado por Rajoy es tan grave, que en la próxima legislatura lo veremos sentado en la bancada de la oposición. Saben sin embargo batirse dialécticamente cuando gobiernan. Sí, en el debate son buenos, pero se superan con creces cuando no están en la gobernanza, y es una gozada el espectáculo. Lo que viene promete.

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